Es la Hermandad del Señor de la Caridad una de las más antiguas de nuestra bella ciudad como ya sabemos, así lo demuestran los documentos que ubican su constitución en el lejano siglo XV gracias a la iniciativa de Gonzalo Rodríguez, a su vez abuelo de Juan Ordóñez, “medio racionero de la Santa Iglesia Catedral y padre de Hernán Ruiz, el artífice del Crucero de la gran Basílica cordobesa”, tal y como apuntada Mundo Ilustrado en 1945. Asimismo, esa extensa historia es la que prueba que el Santísimo Cristo ha gozado a lo largo del tiempo de la inquebrantable devoción del pueblo cordobés.
La antigua corporación alcanzó un reconocido prestigio especialmente cuando los Reyes Católicos tomaron la determinación de concederle el título de Real en el mismo siglo XV, ya que por aquel entonces se rendía culto en una capilla del Hospital de la Caridad de Nuestro Señor Jesucristo que existía en la Plaza del Potro. Esto nos remite nuevamente al ya reiterado carácter de la cofradía, no solo religioso sino también social, por lo que sus miembros se afanaban en auxiliar y recoger a los pobres enfermos amén de llevar a la práctica otras tantas acciones caritativas.
Ya entrado el siglo XVI, la Hermandad del Santísimo Cristo de la Caridad comenzó a vivir una época de absoluto esplender que llegaron de la mano de nuevas concesiones por parte de los Reyes y, sucesivamente, pudieron contarse entre su nómina de hermanos otros monarcas y miembros de la alta aristocracia como el Emperador Carlos V, su hijo Felipe II, el reconocido Gran Capitán, los Duques de Seda, los Duques de Córdoba, los Marqueses de Carpio, de Comares y Almunia entre otros muchos.
Como cabía esperar de la época, los gremios también se veían representados entre los miembros de la Hermandad de la Caridad, en especial los relacionados con la platería local, los guadamecileros y otros artesanos en general que lograron darle renombre a sus respectivas profesiones hasta pasar a considerarse representativas de la ciudad califal.
Sin embargo, la significativa inestabilidad política que marcó el siglo XIX supuso un gran golpe para la vida de la cofradía, que empezó a sumirse en un profundo letargo hasta su decadencia. La mala situación económica conllevó la clausura del Hospital de la Caridad, dejando para el recuerdo su famosa capilla mayor, realizada en 1509 y su magnífica portada de estilo plateresco y que, en la fecha del 19 de diciembre de 1916, fue descubierta por el ilustre Enrique Romero de Torres, entonces director del Museo Provincial de Bellas Artes.
Así las cosas, la corporación desapareció irremediablemente y la fabulosa talla del crucificado manierista fue trasladada a su actual sede en la Parroquia de San Francisco, donde, por fortuna, el Santo Cristo siguió recibiendo culto por una ingente cantidad de feligreses hasta que el 19 de octubre de 1939, el Obispo de Córdoba estimó oportuno aprobar la redacción de unos nuevos Estatutos, obra de un grupo de personas amantes de las clásicas tradiciones cordobesas, su profunda religiosidad, el carácter añejo de la hermandad en cuestión y la maravillosa imagen del Señor.
A partir de ese punto, el Santo Cristo de la Caridad volvería a ser objeto de celebraciones cultuales, dando pie a una nueva trayectoria aunque continuista, pues la reorganizada hermandad volvería a basar su modo de vida en los férreos principios de caridad cristiana en los que se fundamentó la primitiva corporación. De conformidad con ello, la Hermandad del Señor de la Caridad, aun siendo numerosa, se caracterizó por su acusada austeridad, sencillez litúrgica y seriedad – patente incluso en sus desfiles procesionales –, manteniéndose en todo momento fiel a sus propias normas, de las que tan orgullosa se ha podido sentir siempre.





