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Los invisibles vuelven a escena

El Museo Nacional de Escultura acoge una exposición donde exhibe parte de sus fondos, en concreto el 15% de las 1.800 piezas que están en los sótanos del Colegio de San Gregorio

Santa Teresa de Jesús, San Francisco de Borja, San Elías, Santa Rita… Son solo algunos de los santos que duermen en los almacenes del Museo Nacional de Escultura. Ahora, con una nueva exposición que se prolongará hasta el próximo 17 de noviembre, verán la luz tras permanecer en penumbra desde hace décadas.

La exposición “Almacén. El lugar de los invisibles” reúne alrededor de trescientas esculturas, además de objetos artísticos, que van desde la Edad Media hasta el siglo XVIII y donde el visitante puede contemplar imágenes que no se muestran al público, principalmente por falta de espacio, problemática que parecía resolverse con la ampliación de la Casa del Sol, proyecto pendiente desde 2014. Las obras parecen dialogar entre sí en una exposición donde aparecen tallas de diversos siglos compartiendo salas, sin seguir un criterio de épocas, por lo que diferentes estilos cruzarán sus caminos durante los próximos meses creando una atmósfera de incógnitas.

¿De dónde proceden? ¿Qué santo está representado? Mientras que la segunda pregunta puede conocerse debido a que gran parte de ellos contienen una breve reseña —en algunos sería imposible al no estar acompañados por los atributos que los caracterizan—, la primera de ellas es a día de hoy una cuestión sin resolver. Gran parte de las obras seleccionadas han llegado al Museo provenientes de guerras y expolios, aunque no faltan aquellas que han sido objeto de ventas fraudulentas y que, gracias a la rápida acción de los cuerpos de seguridad, han podido seguir formando parte del patrimonio nacional. También se exhiben obras cuyos lugares de origen fueron espacios hoy desacralizados, sobre todo en el siglo XIX con los procesos desamortizadores.

Según María Bolaños, directora del Museo Nacional de Escultura, la exposición pretende “dar a conocer el misterio que guarda el almacén como espacio secreto al que el visitante nunca accede”. Y, a la hora de sacar estos fondos a la luz pública, el recorrido comienza con una sala donde pueden observarse una importante selección de relicarios napolitanos del siglo XVII así como medallones, continuando con otra donde unos ángeles se encuentran suspendidos sobre un montaje con estatuas que se encuentran repartidas entre las paredes y el suelo.

Quizá las más sorprendentes sean las que están conformadas por cristos y santos. La primera recoge diversas perspectivas de Jesús en la cruz, por lo que aparecen crucificados que no han recibido aún la lanzada con otros muertos. La segunda es una selección de santos donde sobresale una talla de Santa Clara de Montefalco, que destaca por sus dimensiones de entre una treintena de santos, colocados sobre unos palés de distintas alturas. Frente a estos, obras individuales que recogen historias interesantes a la par que desconocidas. Si en esta sala se mezclan espadas, corazones e incluso cráneos, como el que sostiene San Francisco de Borja, en la contigua el elemento indispensable es el libro, donde una selección de santos aparece con este atributo.

Con esta iniciativa, el Museo Nacional de Escultura abre por primera vez un libro cuyas páginas recogen relicarios, tallas, tablas, que alguna vez vieron la luz y que ahora volverán a encontrarse con ella hasta que, a mediados de noviembre, la oscuridad las engulla de nuevo.

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