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El Capirote, Málaga, Opinión

Lunes gitano

Cuando la semana pasada me acerqué a contemplarlo, ya se encontraba sobre su trono, al igual que la Virgen de la O. Los titulares de los Gitanos se encuentran ahora recorriendo las calles del centro de Málaga, en un Lunes Santo donde el pueblo gitano acompaña en masa a su Cristo y su bendita Madre, en medio de un revuelo de bailes y coplillas que, al caer la tarde de esta primavera recién estrenada, pueden escucharse tejiendo súplicas y lamentos. Bajo los tronos, las promesas de quienes portan a unos titulares que conquistan el centro de la capital malagueña en medio de la que será una noche más fría de lo habitual.

Ha tenido que pasar un año para poder sentir en la calle ese pregón íntimo que los gitanos le cantan a las cuatro voces y que hacen de la estación de penitencia de la hermandad todo un compendio de amor que solo el arte de los de su barrio sabe conquistar paso a paso. Nuestro Padre Jesús de la Columna conoce tanto a los gitanos que le rezan que cuando cruza el dintel de la puerta conoce a todos y cada uno de los que le esperan. Sabe de los problemas por los que atraviesa una zona con un alto porcentaje de paro, de la aquejada salud de los mayores y también de los problemas de los jóvenes. Por eso nunca les abandona, y se aferra a la columna del mismo modo que lo hacen todos aquellos que quieren asirse a la vida como el náufrago lo hace al caer al mar y le ofrecen el flotador que lo mantendrá a salvo de la oscuridad.

La Virgen de la O, obra de Buiza, tiene la piel igual que la del Hijo de Dios. Y como la de las mujeres que acuden a rezarle cada día y contarle cómo se va saliendo adelante con lo poco que tienen. Ella sabe de sus problemas así como de las alegrías que hacen del camino un tránsito más llevadero. Y allí aparecen ellas, con sus niños en brazos, con los más jóvenes arremolinando los pensamientos y demostrando a Málaga entera quiénes son los que cuidan de los pesares de un pueblo que en ocasiones se siente hasta olvidado.

Y lo hacen de la mejor manera que saben, poniendo letra y baile al arte que solo ellos saben transmitir de generación en generación, sin perder ni un ápice de esa alegría que es un pellizco en el imaginario de quien los contempla a su paso. Por eso es lunes, pero lunes gitano. Distinto a cualquier lunes que puede uno contemplar el resto del año. Y tan rápido y fugaz que en un pequeño salto hacia atrás ya estarán de nuevo los titulares regresando a su templo. Viendo cómo su pueblo no les ha dejado solos ni un momento, siguiendo tras de los tronos hasta que la última vela de la candelería parezca disipar su luz cuando las puertas estén cerrándose a eso de las diez y media de la noche.

Las gitanillas regresarán de la mano de sus madres a la casa, sabiendo que Jesús de la Columna y la Virgen de la O están ya de nuevo reinando en su barrio, velando por los sueños de quienes en un futuro acudirán a verlos salir y les acompañarán hasta la Alameda, como hicieron sus madres con ellas cada Lunes gitano.

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