Los acontecimientos vividos durante la madrugada sevillana, concretamente las avalanchas y carreritas que se sucedieron a lo largo de toda la noche, continúan llenando páginas de periódicos, blogs y demás webs no solamente especializadas en información cofradiera. Pero, aunque se han examinado imágenes, preguntado al dispositivo de seguridad, protección civil, y se ha investigado exhaustivamente cada aspecto, ¿alguien ha siquiera considerado analizar su comportamiento durante la jornada en la que los lamentables hechos se produjeron?
El que aquí suscribe se encontraba en calle Cuna cuando el palio de El Silencio se adentraba en la plaza de El Salvador. Tras el estruendo, quienes estaban allí se desplazaron hacia la pared. Al ver que no sucedía nada, los nazarenos de negro prosiguieron con la estación de penitencia. Sin embargo, aquella estampida despertó el ánimo de los que contemplaban las cofradías. “Algún gracioso”, “unos niñatos”, frases similares que eran compartidas por propios y extraños. Después de calle Cuna, la próxima parada en calle Sierpes donde tuvo lugar otro momento de desconcierto que se sumaba a los que ya habían tenido lugar. La noche fue prácticamente un recorrido tumultuoso donde se mezclaban teorías y conspiraciones con las invenciones más absurdas que en Twitter y demás redes sociales eran compartidas por los followers, como si no hubiera suficiente con las que ya callejeaban por los rincones de la ciudad.
Comenzaron a circular imágenes de los detenidos y el ambiente, que ya de por sí estaba caldeado, comenzó a inundarse de insultos y deseos impropios de cualquier cristiano. Los improperios, que no reproduciré aquí, dejaban constancia no solamente de cómo estaba la noche sino también del comportamiento de muchos. Partiendo de la base de que la justicia será quien tenga que tomar cartas en el asunto y quien decida el futuro de cada uno de los acusados, ¿cómo podían escucharse determinados insultos fomentando una oleada de desprecio digna de otros tiempos?
Por supuesto que la actitud de los que provocaron las avalanchas no tiene ningún tipo de justificación, faltaría más pero, ¿la tienen por ejemplo, los comentarios vertidos en Facebook o Instagram (algunos de los cuales borrados ya y otros todavía visibles)? Todos confiamos en la justicia, en que se aplique correctamente la ley. El que aquí firma también recuerda a niños llorando en calle Sierpes o a aquel nazareno del Gran Poder que se salió del cortejo porque “no podía más”. Y cada uno tendrá un álbum de recuerdos de una noche que esperemos no vuelva a repetirse. Quizá sea mejor ser sensatos y dejar de continuar fomentando ciertas actitudes.





