Mañana de incienso y nardos

15 de agosto de cualquier año antes del covid. Plazuelas, calles y avenidas de Sevilla. 5 de la madrugada. El murmullo silente de pasos redoblados rompe el tibio descanso. Sobrecoge y a la vez tranquiliza. Se alejan. Y vuelve el sonido de la nada, el cotidiano, el mismo que confirmo que todo sigue igual pero hoy no es un día más.

El grupo de personas que peregrina por la ciudad busca el centro. Hay varios, por lo que cada uno se pierde buscando la ruta familiar. Unos van por Menéndez y Pelayo buscando Santa María la Blanca, San Isidoro, el Salvador, Francos y Placentines.

Otros por el contrario avanzan hacia San Fernando, para tomar la Puerta de Jerez y la Avenida hasta llegar a la Plaza del Triunfo.

De lejos se divisa también a otro conglomerado de almas revestidas de la carne y el hueso de siglos de fe recorriendo la calle Arfe y el Arco del Postigo. Sin olvidar tampoco al que se incorpora, transitando por el mágico entorno de Santa Cruz y Mateos Gago.

Casi todos los caminos llevan a ella. Tan solo hay que dejarse guiar por la brújula celestial de su mirada. Porque allí, en ese centro de la fe, todos los peregrinos se postran ante la Reina de quienes rigen e imparten justicia, su bienhechora y patrona, la Virgen de los Reyes.

Y Ella los espera sedente, hierática pero serena, casi esbozando la sonrisa del reencuentro y la expectación de todo lo que está por llegar.

La oscuridad va flaqueando quedamente, dando paso a un amanecer sin parangón. Las primeras luces se unen al ténue bullicio que arropa las naves catedralicias. Sale parejas de cirios de la Puerta de Palos. Y al fondo, en el altar del Jubileo, empieza a moverse el paso. La llevan muy despacio, con una mecida tan suave que apenas se mueven los flecos de la tumbilla.

Los pasos racheados de los costaleros se convierten en la banda sonora perfecta durante unos minutos. Y se arría el paso mientras los nardos se mezclan con la frescura de la mañana y el perfume efímero del incienso. Justo delante del dintel. A pocos metros de Sevilla. Con el primer rayo de sol iluminando el Bendito rostro de la Señora.

Sevilla enmudece mientras se dibuja la tumbilla en la piedra centenaria del Templo Mayor. Las campanas redoblan con ese son único e inconfundible.

Y vuelve a ocurrir. Se cumple el rito al sevillano modo, rindiendo pleteisea, oraciones y hasta miradas de amor y espera a su Divina Soberana.

Lágrimas, rezos, recuerdos, agracimientos y promesas, sí, todo un rosario de promesas. Las mismas con las que se sella el pacto anual entre madre e hijo, entre María y la Iglesia, entre la Patrona y Sevilla.