Evangelium Solis, 💙 Opinión

“Se alegra mi espíritu en Dios”

Hoy celebramos la festividad de la Asunción de la Virgen María. Hoy miles de pueblos honran a nuestra Madre en diferentes advocación es, en nuestra capital de manera especial, la Reina de San Basilio, Ntra Sra del Tránsito. En la fiesta de hoy anhelamos nuestra pascua por la gracia de Dios. Lo que para nosotros es espera, para la Virgen es realidad gozosa por estar asociada a la muerte y resurrección de su Hijo. Por ello, llega un nuevo Evangelium Solis a Gente de Paz.

Lectura del santo evangelio según san Lucas:

En aquellos días, Maria se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de Maria, saltó la criatura en su vientre.
Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Palabra del Señor

Hoy celebramos la festividad de la Asunción de la Virgen María. Con la Asunción confesamos que María ha sido ya glorificada. Y por eso, así como Cristo por su resurrección mantiene entre nosotros su presencia poderosa y eficaz, otro tanto podemos decir de la gloria de María y su «asunción a los cielos». “Asunta” en Dios, está más presente en el mundo y más cercana a nosotros que ninguna otra mujer. Por eso, no sólo pensamos en ella, sino que la invocamos. Ella intercede y nos acompaña.

Su extraordinaria santidad y su gloria celeste no la alejan de nosotros. María sigue siendo la humilde jovencita de Nazaret, la madre amorosa que envuelve a su pequeño Niño en pañales y lo recuesta en un pesebre, la mujer perseguida que tiene que emigrar al país extranjero de Egipto, la esposa fiel que vive su entrega a Dios en el silencio de Nazaret, junto a José y a Jesús, dispuesta siempre a ayudar a los demás, la mujer fuerte que acompaña el camino doloroso de su Hijo Jesús, aun no comprendiendo las cosas, aceptando con él la voluntad de Dios.

San Pablo afirma que la resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe, señala que el triunfo de Jesús anuncia el retorno de todos los hombres a la vida. Con la proclamación de la Asunción de María, la Iglesia nos recuerda que también nosotros estamos llamados a ello. Todos los que en Cristo han muerto pertenecen a una sola familia, la Iglesia. Y todos los que viven en Dios están unidos con nosotros. En esta unión le corresponde a María un puesto particular.

El Evangelio de hoy nos habla de la visita de María a su prima Isabel. María sale de Nazaret rapidamente para ofrecer a Isabel la ayuda que necesita una mujer encinta, y para compartir con ella la alegría que cada una, a su modo, ha tenido de la grandeza de Dios.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño que llevaba en su seno, se sintió llena del Espíritu Santo y exclamó: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Isabel comprende que María lleva ya en su seno al Señor, y añade: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Porque en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

Pocos títulos atribuidos a María expresan mejor que éste la función excepcional que le tocó cumplir en el plan de salvación. “Porque, si la maternidad de María es causa de su felicidad, la fe es causa de su maternidad divina”. María es la creyente, la que escucha la palabra de Dios y la cumple. Por eso, la llena de gracia, Madre del Señor, es también Madre y figura de la Iglesia, comunidad de los creyentes.

Cuando Isabel termina sus alabanzas, María dirige la mirada a su propia pequeñez, fija luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entona su cántico de alabanza.

Con su canto, María nos ayuda a descubrir el sentido de nuestra vida y agradecer los beneficios recibidos. En su canto laten los corazones que saben escuchar a su Dios y reconocen su acción. Es un himno personal y a la vez universal. En María la humanidad y la creación entera cantan la fidelidad del amor de Dios. Es un canto que sintetiza la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y sencillos, que sienten a Dios a su favor. Esta fe de María nos lleva a confirmarnos en nuestra opción por los pobres y por los que sufren.

La humildad de María, la belleza de su espíritu, su entrega total a Dios, en una palabra, todo aquello que llenaba su alma y que la llevaba a decir: “He aquí la esclava del Señor”, todo eso es un “presente” …, todo eso es ahora vida eterna, sumergida en el océano de la vida divina, cuya sinfonía resuena en un eterno “hoy”.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

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