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El Capirote, Opinión, Universo Cofrade

Más flashes que besos

Asistimos a un importante cambio hacia lo tecnológico del que no es ajeno el mundo de la Semana Santa. Desde que apareciesen las cámaras fotográficas la utilización por parte del público ha ido creciendo sin encontrar a día de hoy freno. Y desde que estas se integran en los móviles la revolución ha sido tal que no entenderíamos adquirir un móvil sin que la integre.

Esto ha provocado un creciente interés por parte de los cofrades a la hora de asistir a los distintos cultos. Besamanos, traslados o funciones han pasado de quedar en la memoria a hacerlo en la tarjeta de memoria de cualquier dispositivo tecnológico. Ya nadie piensa en adentrarse en un mundo de recogimiento cuando pasa el Gran Poder o el Nazareno del Silencio porque la lluvia de flashes rápidamente te desconecta de los momentos íntimos que te llevan a reencontrarse con quien fuiste en el pasado.

Y cuando acudimos a cualquier otro acto es extraño que no aparezcan las manos alzadas ante las imágenes. Un ejemplo lo tenemos en el Vía Crucis con el Cristo de la Conversión, cuya salida está inmortalizada en cada instantánea con un puñado de cámaras que rodean las andas desde distintos ángulos. Tanto que la capacidad de retención acaba perdiéndose en beneficio del área digital. Nos centramos en sacar la fotografía perfecta y cuando levantamos la mirada del objetivo hemos perdido el instante que no volverá.

Parece que nos hemos acostumbrado a la aparición de los flashes durante una procesión. Difícil es poner en marcha una regulación del uso de los teléfonos móviles aunque todavía quedan eventos donde esta práctica puede frenarse. Y aquí es donde las Hermandades deberían tomar cartas en el asunto. Esta moda ha ido derivando rayando en un mal gusto que podemos apreciar en los besamanos.

Allí acuden cámara en mano, nada cuestionable por otra parte, a inmortalizar este acto. Lo hacen —y hacemos— prácticamente todos. Pero ahora el giro se pliega sobre sí mismo de diversas maneras. Y la más preocupante: posar junto a la imagen con toda la familia mientras los fieles aguardan y no contentos con la primera toma mandan al personal a que capten una y otra vez una misma escena. Por último, contentos con el resultado abandonan el templo. Ni un beso, ni persignarse. Tampoco una oración ante el sagrado titular. ¿Qué valor están dando estas personas, autodenominadas creyentes, a las imágenes?

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