Son tiempos convulsos y poco amigables. Las reclamaciones de justicia que se enarbolan ante la Santa Sede, junto a la indignación de muchas personas, incluidas las creyentes, suponen uno de los varapalos más importantes de la historia cristiana. A esto se unen las polémicas declaraciones del papa Francisco acerca de la conquista del Nuevo Mundo, las cuales han suscitado un tenue clima de tensión entre fuerzas políticas y el episcopado español. Ante esto, cabría unirse a aquel famoso dueto de Mustafá y la bella Isabella al final del primer acto de La italiana en Argel de Rossini, el cual decía que «conviene disimular». Valga la referencia como nota amable frente a un panorama tormentoso.
La verdad es que los problemas de la Iglesia son el resultado de un conjunto de sinrazones, propiciadas en unos casos por desidia y en otros por engreimiento. Como clamamos al principio de la misa, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. El papa Francisco, dentro de las posibilidades que le ofrece su dignidad, ha decidido cambiar el rumbo y ha pedido perdón por todas estas calamidades. No solo eso, sino que ha tomado parte activa en su subsanación, movilizando incluso a la justicia vaticana para tal fin. Parece que el Sumo Pontífice pondrá en práctica aquel pasaje del Evangelio que nos dice: «Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna» (Mt 5,29).
Sin embargo, cabe también la crítica por parte de diversos sectores acerca de este afán justiciero, pues llega a confundir en algunas ocasiones la firmeza del ímpetu petrino en ciertos asuntos frente a la tibieza de otros. Nuestro siglo postmoderno, más adentrado en el metamodernismo, tiene sus particularidades individualistas, antirracionales e inquisitoriales ante el lenguaje. Es la época de una revolución involutiva en muchos ámbitos de nuestra vida, que además marca a fuego el rechazo a las costumbres en favor de nuevos modos de expresión. Contemplamos el triunfo efímero de la forma frente al fondo, del continente ante el contenido, del parecer contra el ser.
Todo esto provoca frustración, tensión social, crisis identitaria… Y la Iglesia, que aunque fue fundada por la divinidad se mantiene ligada por obligación a lo terrenal, no es ajena a esta vorágine. En el seno de la cristiandad surgen las dudas y el cuestionamiento no solo de la tradición, sino incluso de la doctrina. Esto es aún más grave, ya que la neorreforma dogmática, que se viene deslizando sutilmente entre los propios fieles mediante expresiones tales como «yo creo esto, pero no aquello» o «yo creo a mi manera», dinamita el eje fundamental de nuestra fe.
Lo que decimos creer no viene impuesto por modas ni caprichos personalistas, sino que emana de la propia enseñanza de Cristo. Al bautizarnos y confirmarnos aceptamos por verdadera esa doctrina, aunque no se pueda demostrar empíricamente. De ahí que sea creencia, admitamos creerla y la sustentemos con la fe.
Su defensa es una obligación del cristiano, la cual se lleva a cabo por medio del testimonio. Claro que, cuando uno contempla abominaciones tales como las acaecidas en Francia, siente temblar en sí los pilares de su fe. Pedir perdón y reparar el daño, como pretende nuestro papa, es el primer paso. El segundo es evidente: dar testimonio verdadero de la fe frente a quienes la profanan con sus actos.
En otras palabras, no es tiempo de echar todo por la borda, abrazar el nihilismo y condenar todo cuando solo una parte se ha necrosado. Los nuevos vientos que deben guiar a la Iglesia realmente son los de siempre, los que provienen del Espíritu Santo. Por más que lavemos la cara a la institución, cambiemos hábitos, exijamos sacerdotisas, admitamos cualquier ideología o reconozcamos cada movimiento político-social que surja, no lograremos mejorar nada. El fundamento es Dios únicamente. Todo lo que nos aparte de él y nos enfrasque en las luchas de lo cotidiano nos aleja de su presencia. Ya lo dijo Jesús, no somos del mundo (Jn 15,18-19).
He aquí el gran campo de batalla que nuestras cofradías deben enfrentar. El barrio, la parroquia y la vecindad son los núcleos de catequización elemental que se nos confiere como apostolado. La famosa nueva evangelización ha de echar sus raíces aquí. Además, el tiempo apremia, así que evitemos más escándalos y pongámonos manos a la obra. Hemos de ofrecer como nueva la verdad de siempre, aunque quienes prometen defenderla acaben ejecutándola con sus malas artes. Ya que todos formamos la Iglesia, a todos nos corresponde la responsabilidad de cumplir con lo que se nos reveló desinteresadamente. Por tanto, ¡adelante! Y recordad: el hombre falla habitualmente, pero Dios nunca lo hace.
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