Mi luz interior | El nazareno no se toca: frente a los intentos de desnaturalizar la Semana Santa

Desde hace tiempo, determinados sectores insisten en promover una reforma artificiosa y autoritaria de la Semana Santa de Sevilla. Amparados en un discurso de supuesta modernidad y revestidos de una pretendida racionalidad técnica, abogan sin ambages por reducir la presencia de nazarenos en los cortejos, señalándolos como si fueran el origen de todos los males organizativos de la ciudad durante esos días. Lo que se presenta como una preocupación por la fluidez de los recorridos o el aprovechamiento de los tiempos, no es más que la coartada para imponer un modelo excluyente, donde el hermano de luz y promesa es considerado prescindible; una molestia a erradicar. Ya escribí sobre este asunto hace un tiempo, pero voy a insistir, como insisten quienes siguen atacando al nazareno.

Un proyecto para despojar la Semana Santa de su alma

En realidad, el propósito final de estas propuestas es evidente: despojar la Semana Santa de su componente religioso, vaciarla de su contenido espiritual, limitarla a una mera manifestación artística, domesticada para el consumo turístico y cultural. Una Sevilla sin penitentes y sin fe, reducida a un espectáculo visual diseñado al gusto de licenciados en Historia del Arte, presuntos expertos en música procesional y autoproclamados defensores del arte sacro, que en realidad sólo protegen su negocio. Esa es la verdadera intención: excluir las creencias del centro de la celebración, convertir la Semana Santa en una representación estética, sin alma, sin oración, sin trascendencia.

Este es el modelo que algunos pretenden imponer, bajo formas disimuladas: cuotas de participación, cupos por jornada, distribución estadística de penitentes, e incluso la implicación del Arzobispado para limitar el derecho de los hermanos a realizar estación de penitencia, recogido explícitamente en las Reglas de todas las corporaciones. Lo que se pretende no es sólo ordenar, sino redefinir la esencia misma de la Semana Santa, para que responda no a la vivencia del pueblo fiel, sino a las categorías analíticas de quienes la contemplan como si fuera una exposición temporal de imaginería barroca con acompañamiento musical. Y destruir la libertad del individuo, que también hay algo de eso.

Una incoherencia que ofende al sentido común

Paradójicamente, quienes promueven estas reformas radicales son los mismos que acusan a ciertas asociaciones y nuevas hermandades de centrarse en lo externo —pasos, bandas, estética—, cuando lo que pretenden es justamente eso: una Semana Santa sin penitencia, sin espiritualidad pública, sin fe viva, sin nazarenos. La incoherencia es clamorosa. Critican lo que practican y promueven, elevando su discurso a niveles de hipocresía muy difíciles de entender para cualquier persona con un mínimo de sentido común.

Porque lo que molesta no es la supuesta acumulación de nazarenos. Lo que molesta es el testimonio visible de la fe, la presencia silenciosa de miles de personas que caminan con su cirio o su cruz, haciendo oración, cumpliendo promesas, expresando públicamente su vínculo con Cristo. Lo que se quiere es borrar esa dimensión religiosa del espacio público, reduciéndola a un recuerdo tolerado, cuando no directamente suprimido.

La defensa de la libertad cofrade

Las hermandades no son decorados barrocos ni plataformas logísticas. Son comunidades vivas de fe, integradas por fieles con derechos espirituales y eclesiales. Limitar el acceso a la estación de penitencia es, en el fondo, una forma de coacción contra la libertad religiosa. Pretender que la participación esté condicionada por criterios de aforo o de reparto numérico es una amenaza contra el principio esencial de las cofradías: la libre expresión pública de la fe católica.

La Semana Santa no necesita que la tutelen burócratas del arte, ni expertos de plató o micrófono, ni gestores culturales sin devoción. Lo que necesita es respeto por su naturaleza espiritual, por su dimensión religiosa, por su origen eclesial. Y eso implica defender al nazareno como símbolo del alma penitente de la ciudad. Quien camina cubierto por un antifaz lo hace por Dios, no por la estética. Y quien pretende limitarlo, lo hace para convertir la Semana Santa en un desfile sin alma, útil para unos pocos y ajeno a su pueblo.

Sevilla sabrá resistir

El nazareno no se toca. Porque sin él, la Semana Santa deja de ser estación de penitencia para convertirse en un simulacro sin fe. La Sevilla profunda, la que reza, la que espera su día con lágrimas, la que educa a sus hijos en la devoción cofrade, no puede aceptar sin levantarse la imposición de un modelo excluyente y totalitario que pretende expulsar a Cristo del centro de la calle y sustituirlo por una estética sin contenido.

Dejad a Sevilla tranquila. Dejad de manipular lo que no entendéis. Las cofradías no son patrimonio de tecnócratas ni de iluminados, sino de fieles que creen, que oran y que caminan en silencio con un cirio encendido para alumbrar la llegada del Hijo de Dios. Respetad esa fe. Respetad esa libertad. Y respetad al nazareno. Porque en él late el verdadero corazón de la Semana Santa. Y si hay que defenderlo, lo haremos.