La Semana Santa de Sevilla no se entiende sin la figura del nazareno. No es un simple acompañante de los pasos, no es un mero espectador: es el alma misma de nuestras procesiones. Su presencia, silenciosa y devota, constituye el núcleo existencial de nuestra celebración más sagrada. Sin nazarenos podría haber procesiones, sí; pero sin ellos, no habría Semana Santa.
La figura del nazareno se transmite de generación en generación, como una herencia espiritual que pasa de padres a hijos, abrazando a familias enteras durante siglos. Muchos sevillanos conservan su hábito como un tesoro; algunos, incluso, desean ser enterrados envueltos en su túnica, en un gesto último de amor a su fe y a sus tradiciones.
La túnica nazarena es sagrada, como lo es el hábito, que no es un mero atuendo, sino un signo externo de una promesa interior. En muchos casos, esas túnicas portan la historia viva de familias que han entregado su corazón a su Hermandad y a sus Titulares generación tras generación.
Y sin embargo, en los últimos tiempos, hemos asistido a un lamentable espectáculo: atacar al nazareno se ha convertido en un nuevo deporte nacional en algunas tertulias y espacios de opinión. Desde allí se genera un caldo de cultivo que condiciona a la opinión pública, propagando ideas que demuestran no solo una falta de respeto, sino una absoluta ignorancia de la auténtica sevillanía.
El incremento del número de nazarenos, lejos de ser un problema, es un signo de vitalidad y de fe. Es inconcebible que este aumento pueda utilizarse como excusa para limitar el acceso de los hermanos a realizar su estación de penitencia. Todos los hermanos tienen el derecho y la obligación de salir de nazareno. Negar ese derecho sería cercenar la esencia de nuestras cofradías, sería privar al hermano de su expresión más pura de fe y de pertenencia.
Si el número de nazarenos genera tensiones organizativas, corresponde a quienes ostentan responsabilidades buscar soluciones. Que se modifiquen horarios, recorridos, que se reforme la Carrera Oficial o incluso se redistribuyan las cofradías de cada jornada si es necesario. Pero en ningún caso debe plantearse como solución limitar el número de nazarenos.
La Semana Santa de Sevilla será con todos sus nazarenos o no será. Defender la figura del nazareno es defender la raíz más profunda de nuestra identidad. Sevilla no puede permitirse perder su alma en nombre de una mal entendida modernidad o de una organización superficial que olvida lo esencial.
El nazareno no se toca. Porque tocarlo es herir el corazón de la Semana Santa de Sevilla.
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