Mi luz interior | Excelencia en tela de juicio y coherencia de saldo

El nombramiento de José Carlos Gutiérrez como nuevo vestidor de la Esperanza Macarena ha servido como excusa perfecta para destapar un debate mucho más profundo y, sobre todo, más incómodo que el mero relevo en una responsabilidad concreta. No estamos ante una discusión sobre encajes, alfileres o escuelas estéticas, sino ante una cuestión de coherencia, relato y doble moral, ingredientes habituales en la cocina cofradiera sevillana cuando el poder señala el camino y algunos deciden aplaudir antes incluso de saber qué se está celebrando. La polémica, por tanto, no nace del nombre elegido, sino de todo lo que se ha dicho —y, sobre todo, de cómo se ha dicho— a su alrededor.

Conviene decirlo claro desde el principio: no estamos ante un debate serio sobre procedencias, más allá de alguna crítica irracional y chovinista, siempre presente como ruido de fondo. El verdadero asunto es otro y resulta bastante más incómodo: existiendo vestidores de excelente nivel en Sevilla, la hermandad ha optado por buscar fuera a un muy buen profesional, decisión legítima, sí, pero no exenta de interrogantes cuando se ha hecho bandera, desde el primer día, de la búsqueda obsesiva de la excelencia.

Porque si algo ha repetido como un mantra el nuevo hermano mayor, Fernando Fernández Cabezuelo, es su defensa cerrada de la excelencia como principio rector. Y aquí es donde muchos cofrades sevillanos han levantado la ceja, no por espíritu provinciano, sino por pura coherencia conceptual. Apostar por la excelencia no es elegir a alguien notable, ni siquiera sobresaliente. La excelencia es la matrícula de honor, el número uno indiscutible, el nombre que no genera dudas ni comparaciones incómodas. Lo demás podrá ser una magnífica decisión, pero no es exactamente lo que se nos prometió. O no lo parece de antemano; será el tiempo quien dará o quitará razones.

Sin embargo, lo verdaderamente llamativo no ha sido la lógica discrepancia cofrade —sana, legítima y hasta necesaria— sino la reacción automática de cierto periodismo sevillano, ese que vive instalado en una cómoda connivencia con el poder, sea este político, eclesiástico o cofrade. Periodistas que pontifican desde su púlpito mediático, público o privado, y que se han lanzado a defender a ultranza al nuevo vestidor con un entusiasmo digno de causas bastante más nobles, sin tener, en muchos casos, ni la más remota idea de cómo ejerce realmente su labor, más allá de cuatro fotografías mal rastreadas a toda prisa.

Pero el problema no ha sido la defensa —cada cual es libre de opinar— sino el tono, el desprecio y el insulto. Porque no han dudado en tildar de catetos a aquellos sevillanos que, en el legítimo ejercicio de la opinión, consideran que no era necesario salir de la ciudad cuando en Sevilla hay vestidores excelentes, no solo buenos o muy buenos. Resulta curioso, por no decir sangrantemente hipócrita, que sean los mismos periodistas que se llevaron las manos a la cabeza y declararon poco menos que el estado de alarma cuando bandas de fuera de Sevilla cometieron la osadía de firmar por hermandades hispalenses.

La memoria, al parecer, es selectiva. Porque esos mismos altavoces mediáticos lideraron campañas infames, con todo el aparato propagandístico disponible, contra una hermandad de Gloria por aceptar un regalo bordado en Pakistán. Una campaña bochornosa y miserable, alentada de forma repugnante, a la que se sumaron con rapidez los eternos subvencionados que viven de nuestras cofradías y, cómo no, políticos de todo pelaje, siempre dispuestos a subirse al carro del linchamiento cuando hay rédito moral o electoral.

De modo que cuando lo de fuera conviene, es modernidad y apertura, pero cuando incomoda, es herejía estética y atentado patrimonial. La congruencia, como la elegancia, empieza a escasear peligrosamente en cierto sector de la llamada prensa morada, tan rápida para repartir carnés de pureza como lenta para mirarse al espejo. Y todo ello mientras se nos pide que no opinemos, que asintamos, que aplaudamos sin preguntar, porque cuestionar ya no es reflexionar, sino ser retrógrado.

Quizá el debate, en el fondo, no vaya de vestidores, ni de Jerez ni de Sevilla. Tal vez vaya de relatos interesados, de excelencias definidas de manera difusa y de una doble vara de medir que empieza a resultar cansina. Y es que, a este paso, no hará falta vestir a la Virgen con mimo: bastará con envolverlo todo en una buena capa de discurso, aunque por debajo asome, cada vez con menos pudor, la costura torcida de la incoherencia.