Miradas bajo el cubrerrostro, Opinión

Buena Muerte

Hay momentos en el recorrido que un nazareno realiza a lo largo de su procesión personal en los que no puede evitar pensar en el momento en el que esa procesión acabará. En ese momento de la llegada al Templo donde reunirse con tantos otros hermanos que nos precedieron en esta Estación de Penitencia continua que es la vida.

No podemos negar que todo nazareno tiene un instante en el que, por mucho que disfrute de su caminar en su procesión, desea llegar pronto y acabar con este Camino, que no siempre está adornado con bellos pasajes, sino con instantes en los que las fuerzas flaquean, la Luz parece apagarse y no podemos vislumbrar la salida de esa calle oscura que nos toca recorrer. Pero gracias a la Fuerza y a la Fe que un nazareno tiene, igual que un peregrino siempre encuentra la flecha amarilla que le indica que va bien en su búsqueda, el final de esa calle y el principio de una nueva calle más iluminada aparece siempre, penetrando la claridad por los dos agujeros que el cubrerrostro nos deja para asomarnos a la realidad.

Son esos momentos en los que, mínimamente, deseamos llegar pronto al final en los que nos alejamos de nuestro principal y único objetivo, como es el de acompañar a nuestros Titulares y lo que representan. Momentos en los que pensamos más en nuestro ego que en lo que nosotros somos dentro de todo el cortejo; momentos en los que ese afán por llegar al final, al refugio del Templo, no caemos en que ese final suponga no volver a caminar jamás por las calles de la vida y a vestir este hábito nazareno en esta Tierra. Momentos, al fin y al cabo, en los que creemos estar por encima de lo que la procesión marca, por encima de lo que Dios tiene dispuesto para cada uno de nosotros, queriendo acelerar el punto final del recorrido, cuando realmente es una decisión que no nos corresponde pues, cuando iniciamos nuestra procesión no hacemos sino ponernos en sus Manos y dejarnos llevar por su Voluntad, pues nadie mejor que Él, nuestro Mayor Diputado que nos gobierna, sabe a dónde nos llevarán nuestros pasos. Sólo hay que seguirlo y a su Cruz de Guía.

Hace unos días reflexionaba sobre la celebración de la Vida ante la inminente llegada de la fiesta por el Nacimiento de Nuestro Señor, de ése que vemos sufriendo sobre un paso. Pensaba en cómo todo a nuestro alrededor debiera prepararse para esta nueva venida, todos expectantes, como estaba su Madre. Y sin embargo, lo que nos rodea es justo lo contrario, pues aquéllos que creen tener poder sobre todo en esta Tierra, sin darse cuenta nunca de que ese poder es tan efímero como volátil, han decidido dar rienda suelta a la posibilidad de que cada cual pueda marcar el momento en el que dar por finalizada su procesión personal entre nosotros.

Qué tiempos nos tocan vivir cuando, como pude ver a través de mi cubrerrostro, leí hace muy poco la siguiente reflexión: Madres que dejan morir a sus hijos (aborto) e hijos que dejan morir a sus padres (eutanasia).

En unos momentos en los que todos los nazarenos estamos más pendientes de la alegría en las calles por las que caminamos con nuestras luces, celebrando nuevamente la llegada de la Vida, se nos cuela de rondón la posibilidad dar por Buena la Muerte.

Y es algo en lo que los cristianos no podemos permanecer impasibles o quedarnos al margen. No debemos olvidar jamás que somos Iglesia, nosotros y las Hermandades a las que pertenecemos. Y, por consiguiente, estamos dentro de la doctrina de la Iglesia Católica y de su moral. Y todo aquél que no tenga esto cristalino dentro de su pensamiento, está claro que ha equivocado el lugar al que acude para dar cabida a sus pasiones y anhelos pues esto no se trata solamente de altares, flores, cera, pasos, chicotás, ensayos y giros de tres marchas seguidas.

Sigo esperando que nuestras Hermandades, a través de sus Hermanos Mayores, se dirijan a nosotros para mostrar el posicionamiento que los cristianos, los hermanos de una Corporación católica y cofrade, debemos tener todos unidos ante la eutanasia.

Como proceso por el que un ser humano, de manera voluntaria, solicita la administración de sustancias y fármacos para terminar con su vida (terminar la procesión), no podemos entender a la eutanasia mediante el eufemismo de muerte digna, pues es una salida que no deja más camino al enfermo que elegir terminar cuanto antes, sin dar la posibilidad de otras opciones como los cuidados paliativos.

A nadie se le ocurre la escena en la que un nazareno piensa que no puede continuar con su procesión y otro nazareno le empuja fuera del cortejo para que descanse ya y no siga padeciendo el cansancio o el dolor de pies o cintura que la Estación de Penitencia nos acarrea. El Diputado de Tramo vela por sus nazarenos y les cuida, apoya y sostiene hasta el punto final de la procesión, y no echa a nadie de su fila. Pues utilicemos este símil para la eutanasia pues la presencia de los nazarenos en el cortejo es importante per se, no por la utilidad que este nazareno tenga dentro de la procesión.

Celebremos la Vida y no vistamos de dignidad a una muerte que no supone más que un acto de cobardía y de falsa caridad por quienes la facilitan.

A la llegada final al Templo de cada uno, el Mayor de los Diputados pedirá cuentas a los demás sobre cómo han sabido velar por sus hermanos y qué han podido hacer para que llegasen en el momento marcado, y no cuando el nazareno de turno haya querido salirse de su fila porque estaba cansado.

Mientras continúo mi caminar, seguiré esperando que las Hermandades se pronuncien y se pongan del lado de la Vida, y no se pongan de perfil, como acostumbran.