El Gran Poder ha dado un buen golpe sobre la mesa esta mañana. La junta de gobierno ha manifestado públicamente su rechazo a la nueva ley de la Eutanasia en un gesto de justicia y valentía. Y detrás de él, la Hermandad de los Estudiantes y el Consejo de Cofradías de Jerez.
No se engañen. Este gesto nos sorprende porque por desgracia es algo anecdótico, pero la defensa de la vida debería ser el pan nuestro de cada día en las hermandades y todas las instituciones, incluido el gobierno inquisidor que más que legislar, sentencia a golpe de proyecto de ley desde que se instaló en la Moncloa.
La magnífica carta del Gran Poder, totalmente incontestable, supone un plebiscito que proyecta no solo la voz de las hermandades y de los organismos mencionados en el escrito, sino cualquier ser humano sin distinción.
La vida es un derecho fundamental recogido en la Constitución. Un derecho para todos. ¿Acaso hay algo más progresista? ¿Hay algo que permita avanzar más que la proliferación de la especie a cualquier ser vivo?
Esta es una sencilla argumentación a la repulsiva medida que ha dado a luz (muy propia la expresión) el gobierno fratricida que coquetea con lo peor de cada casa para para sacar adelante sus caprichos extremistas y desastrosos para la convivencia y los cimientos del Estado Constitucional que con tanto tesón se fraguó en la Transición.
No obstante, el cristiano debe ir más allá que la ninguneada oposición política. El creyente en Cristo sabe que la vida es un templo sagrado, un tesoro que debemos guardar y salvaguardar; no solo en nosotros, sino en todos los hermanos en el Señor. La Biblia, sin ir más lejos, lo proclama en infinidad de versículos y salmos: tenemos fe en el Dios Vivo, en el Dios eterno, en la Resurrección Gloriosa para todos, que pasa fundamentalmente por preservar la vida.
El paso adelante que han dado hoy las hermandades del Gran Poder y los Estudiantes así como el Consejo de Cofradías de Jerez supone una legítima y necesaria emboscada a la muerte forzada, al horror de acabar con la existencia natural de una criatura de Dios.
Ojalá se vean muchos más ejemplos de condena a esta espantosa ley de la Eutanasia por parte de las hermandades, pues proteger la vida implica alabar y ensalzar al Señor; y, más allá, implica seguir el modelo del buen samaritano, de la persona con corazón y empatía, ha de hacerse realidad en cada palabra, en cada gesto, en cada situación de nuestro paso por la Tierra.
Ayudar a una persona a valorar y preservar su vida es posiblemente el gesto de amor que se pueda realizar. Luchemos contra las modernidades sin consistencia ni respeto que intentan imponernos ciertos sectores, y apreciemos lo que realmente importa. Defendamos la vida.
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