Había una época en la que quienes conformaban los cortejos de las hermandades solían salirse de las filas, pasear con la cara descubierta e incluso refugiarse en la taberna más cercana para beber hasta altas horas de la madrugada. Las corporaciones realizaron una importante labor para que todos estos aspectos pudieran solucionarse y que la imagen que se mostrase fuera lo más acorde posible con el espíritu de una celebración con varios siglos a sus espaldas.
Sin embargo, la pelota está ahora en el tejado de quienes contemplan el discurrir de las hermandades durante su estación de penitencia. No sé si el ciudadano de a pie se habrá dado cuenta del suplicio que supone salir hoy en día acompañando a sus sagrados titulares, vestido con su túnica.
El nazareno no solamente tiene que hacer frente a calles que, “gracias” a quienes utilizan las sillitas (los carteles, está comprobado, no sirven para nada), tienen que lidiar con las cáscaras de pipas, por ejemplo, que se suman a la ya de por sí cantidad de basura que va dejando el personal. Pero es que el comportamiento de algunos que ven las procesiones, y cada vez el número de estos “algunos”, desgraciadamente, va en aumento, se erige como claro representante de aquello que no debería de hacerse sino quieren que las filas se vean mermadas año tras año.
No es la primera vez que me encuentro con un conocido que resume su estación de penitencia en un auténtico suplicio protagonizado por los niños que piden estampitas, caramelos o incluso pequeñas medallas que entregan varias corporaciones. Hay nazarenos que van rezando el rosario, otros que simplemente guardan silencio, pero prácticamente todos entienden que se les pida que le entreguen un recuerdo de la cofradía. Lo que es inadmisible es el sopor que significa verse rodeado continuamente de energúmenos que tirando de la túnica piden sin cesar que se les haga caso, por no hablar de quienes ya inclinan el cirio para que la cera caiga precisamente en la parte de la bola de cera que quieren mostrar a sus compañeros cuando lleguen a clase una vez terminada la celebración.
Al que conozco, en los últimos años se le hace cuesta arriba salir cada año porque se enfrenta no solamente al cansancio que supone estar más de diez horas en la calle sino al otro tipo de cansancio que protagonizan aquellos que no saben guardar el suficiente respeto y con sus actitudes llegan a colmar la paciencia de cualquiera. De nosotros depende cuidar también este importante patrimonio humano.
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