Evangelium Solis, 💙 Opinión

“No he venido a abolir, sino a dar plenitud”

Una semana más llega a Gente de Paz un nuevo Evangelium Solis. El Evangelio de hoy es una llamada a la madurez moral. Ésta, desde el punto de vista cristiano, implica dos cosas. En primer lugar, actuar guiados por un amor sincero, y no por el voluntarismo de cumplir ciertas normas ni por miedo a posibles penas o castigos. Y en segundo lugar, aceptar nuestras propias limitaciones: para alcanzar este ideal no nos bastan nuestras propias fuerzas, necesitamos la ayuda de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. 

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”. Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor.

En el Evangelio de hoy leemos una parte del Sermón de la Montaña. En él Jesús nos propone un horizonte moral muy exigente. Sin embargo, cuando escuchamos las palabras del Señor no nos sentimos acorralados por la angustia de cómo vamos a cumplir lo que se nos manda o de si nos será posible vivirlo hasta el final. Conforme vamos escuchando y meditando las enseñanzas de Jesús sobre los diversos preceptos se nos va abriendo un horizonte nuevo, que es el de su amor. Nos fascinan las palabras de Jesús porque nos muestran la belleza de la vida cuando esta se realiza según el designio de Dios. Si sentimos alguna inquietud esta nace al darnos cuenta de que nuestra existencia no se ciñe a lo que Jesús dice. Hemos empequeñecido, con interpretaciones y adaptaciones el alcance de los mandamientos. Pero ahí está Jesús, que ensancha nuestra mirada y que, además nos ofrece su gracia. Un autor reciente señalaba que el corazón de todo hombre hay un deseo de justicia. Pero constataba, al mismo tiempo, que somos exigentes para con los demás y, sin embargo, nos relajamos cuando de trata de lo que nosotros debemos hacer.

Desde lo alto de la montaña, Jesús enseña. Suena su “yo os digo”, que subraya su autoridad. Pero también nos indica que si la Antigua Ley fue grabada en tablas de piedra, la nueva será puesta en nuestros corazones por el don del Espíritu Santo. Así, que nos muestra con mayor amplitud el contenido de los preceptos también nos va a capacitar para cumplirlos.

Jesús nos dice que nuestra justicia “ha de ser mayor que la de los escribas y fariseos”, que se habían convertido en custodios de una letra muerta. Porque sin la referencia continua a Dios, y si Él no va esponjando continuamente nuestro corazón con su luz, los mandamientos se vuelven farragosos y pesados. Queda entonces el recurso de convertirse en intérprete experto; pero el Señor nos llama a vivir con alegría en su amor; a dejarnos conducir por Él poniendo todas nuestras capacidades para cumplir el bien. Lo que nos enseña es lo que nuestro corazón necesita para que nuestro corazón pueda alcanzar el cumplimiento de su deseo.

Tenemos a la Iglesia que, con sus enseñanzas nos instruye sobre el obrar moral. Es importante estar atento a ellas. Pero también, con el salmo rezamos: “enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón”. Es una petición que podemos hacer a diario en la oración. Jesús es Dios encarnado que nos ofrece su amistad. Es por ello que, hablando con Él, podemos ir mostrándole las dificultades que tenemos para ser fieles, y también pedirle luz en los momentos de oscuridad y duda. Pero sobre todo, con la cercanía que nos ofrece, tenemos la certeza de que siempre está dispuesto a ayudarnos para que perseveremos en el camino del bien.

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