La tradición de montar altares al paso de la custodia es tan antigua que podríamos viajar hasta prácticamente el inicio de la celebración, aunque alcanza su cota máxima durante los siglos XVI y XVIII. La festividad llegó a ser la más importante durante las centurias del barroco, si bien el nacimiento de la misma hunde sus raíces en 1246, cuando se celebra por primera vez en la diócesis de Lieja, en Bélgica, a petición de la religiosa Juliana de Cornillon. Sin embargo, pasarán casi veinte años hasta que el papa Urbano IV instituya esta fiesta el ocho de septiembre de 1264. Comenzaría a extenderse a los principales focos de la cristiandad, convirtiéndose en la gran festividad de la Iglesia en siglos posteriores. En España, sería Teresa Enríquez la fundadora de un nutrido número de hermandades sacramentales.
Las calles por las que pasaba Jesús Sacramentado se convertían en auténticos escenarios. Se sacaban principalmente sábanas así como colchas, flores de tela y diversos enseres tales como candelabros o vasijas de cerámica. A veces, ni se contaba con esta serie de objetos debido a las penurias económicas. Quedaba entonces ofrecer hierbas y flores silvestres al paso de la Sagrada Forma, que el tiempo convertiría en alfombras reducidas a juncia y romero, básicamente. Si los altares eucarísticos eran obras realizadas por los sacerdotes en las iglesias y capillas, los que mostraba el pueblo venían a configurar un espacio donde la idiosincrasia de la ciudad se representaba a través de lo cada uno de los componentes podía ofrecer dentro de sus posibilidades. Estos, los construidos en el exterior, contrastaban con el boato y grandeza de los que se erigían por ejemplo en las catedrales ― que también sacaban sus obras de arte a la calle ―. Eran tiempos de contraluces, era, fundamentalmente, la época del Barroco. Nobles, hidalgos, monjas y pícaros por doquier. Miseria y grandeza a partes iguales, en una España que veía nacer a los más ilustres artistas y encadenaba tales derrotas históricas que la llevarían a vivir el ocaso de lo que fue antaño.
Esta dualidad se vería también representada en los altares que levantaban cada año, donde no era extraño ver la pulcritud en la plata de las familias más nobles y la porquería rondando las corralas de vecinos, lugar en el que se reunían para levantar pequeños retablos. Eran dos formas de querer rendir tributo al Santísimo Sacramento, dos visiones que se observaban en todos los aspectos de la sociedad, pero que se hacían más notables en las fiestas, donde todos concurrían. El Corpus Christi, como festividad, tenía un alto componente popular, donde se combinaban las distintas escalas sociales del mismo modo que se hacía en el carnaval. Si tras el entierro de la sardina se emprendía una época de recogimiento, con el Corpus se volvía a encender la llama de la diversión con danzas y verbenas hasta altas horas de la madrugada. El ejemplo más palpable lo encontramos en Granada, donde los de la ciudad de la Alhambra se reúnen durante una semana en la feria, que alcanza su día grande con la salida de la custodia que regalara Isabel la Católica.
Sin embargo, tras el concilio de Trento ― a mediados del XVI ― se comienza a considerar ortodoxo lo popular, cercenando un componente fundamental hasta entonces, que paulatinamente iría suprimiendo pasos como el de la Tarasca y coartando el aspecto lúdico. Se apagaba un ingrediente esencial, del mismo modo que lo hacía la algarabía en los barrios, diluyéndose la diversión y reduciendo también aquellos altares que se mantenían durante días a la intemperie, aunque se adornaban con mimo las hornacinas de las casas y los retablos de culto religioso que inundaban las arterias de las ciudades.
Con la Contrarreforma se hará hincapié en el factor religioso. Se extenderá la ida de un Dios temible, impulsada por Pablo IV, se creará la Inquisición para frenar el avance del protestantismo e incluso se vigilarán aspectos como la utilización de la música en la Iglesia, que evitará en la medida de lo posible el uso de la polifonía, regresando a sus orígenes, con un renacer de los cantos gregorianos. La festividad del Corpus perdía también su componente más popular a la hora de realizar pequeños altares, eliminándose todo aquello que ya no era bien visto a ojos de la Iglesia. La idea de ornamentar espacios tardaría en calar en la sociedad, siendo las hermandades y cofradías las garantes de los nuevos cánones en la configuración de altares.
Con la llegada de la Ilustración, uno de los debates era el binomio sagrado/profano, iniciándose nuevamente una lucha entre defensores y detractores de estas dos vertientes. Se caían del tablero los autos sacramentales. Prohibidos estos, en 1765, se decía adiós a una pieza teatral con un marcado carácter alegórico donde se otorgaba aspecto humano a los vicios y virtudes, además de representar desde santos a personajes de las más variopintas clases sociales. La procesión del Corpus perdía las plataformas móviles donde se escenificaba autos filosóficos-teológicos ― como “El gran teatro del mundo” ― o de corte bíblico ― “La cena del rey Baltasar”, entre otros ―. Ya se había dicho adiós a los carros donde aparecían grandes papelones conformando rocas, agua saliendo de fuentes… Un nuevo panorama reconfiguraría esta fiesta. Los altares callejeros también alterarían su estructura. No era extraño encontrarnos con hombres imitando a soldados de la antigua Roma o niños vestidos de ángeles que custodiaban estos escenarios.
Durante el siglo XIX tendrá lugar un importante declive de este tipo de altares. Sería una tónica generalizada en otros aspectos de la sociedad. Lo vemos en la constitución de túmulos funerarios tras la pérdida de un monarca o la realización de grandes obras arquitectónicas portátiles tras el nombramiento de un nuevo rey ― en la proclamación de los primeros borbones incluso las fuentes en Sevilla echaban vino ―, que redujeron drásticamente sus dimensiones hasta prácticamente desaparecer. Los altares de esta centuria estarían protagonizados fundamentalmente por las hermandades. Se mostrará la grandeza de las mismas llevando hasta las calles elementos provenientes del interior de las capillas e incluso partes de retablos que se desmontaban por unas horas con la única finalidad de conformar el mejor de los efímeros mecanismos que se articulaban a lo largo del recorrido. Los balcones se limitarían a mostrar telas y sábanas, tradición que continúa.
Hoy en día quedan componentes de esta costumbre que todavía no se ha perdido y que dan una idea de cómo fueron en un principio. Localidades donde puede observarse una niña representando la Fe, un grupo de personas estáticas imitando la última cena, o las calles de macetas que se disponen a lo largo del recorrido. Con el paso del tiempo se ha ido creando una configuración propia en cada región. Así, en Elche de la Sierra es característico levantar auténticas obras de arte con sales de colores que componen alfombras, las cuales son destruidas al paso de la Custodia; en Toledo se conservan aires de la que fue capital del reino, con grandes tapices, guirnaldas de flores y ricas telas en los balcones al modo que solían hacerlo las clases más pudientes. Actualmente es habitual encontrar particulares que cuentan con una o varias imágenes y enseres típicos de las cofradías, dadas las posibilidades para poder conseguir este tipo de elementos. Imitan a aquellos erigidos por las corporaciones, despojándolos de ese carácter popular que los impregnaba, donde el rojo era un color más. Lo mismo sucede en los balcones, donde escasean los mantones de manila y las colchas de ganchillo, guardianas del sabor añejo de lo popular, que cada domingo luce el viejo arrabal trianero así como algunas poblaciones de la geografía andaluza.






