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El Capirote, Opinión, Sevilla

El pregón

Aunque imaginemos una Semana Santa impermeable al paso del tiempo prácticamente todas las áreas se ven afectadas directa o indirectamente. Desde los “alquilones” hasta las sillitas, desde la crisis de los costaleros hasta las listas de espera interminables para poder llevar por Sevilla a la imagen a la que profesan la mayor devoción. Cuestiones que van desde la seguridad hasta el cumplimiento de los horarios, pasando por una carrera oficial cuyo precio se ha visto disparado si comparamos los ingresos de hoy en día con el los de hace veinte años.

En esta tesitura el pregón se presenta como un anacronismo que ha permanecido intacto. Si antaño proliferaban los pregones, después se vivió una etapa donde escaseaba, encontrándonos ahora con una nueva proliferación donde la calidad no es comparable a la vivida años atrás siendo algunos infumables.

Los pregones han llegado a estar ajenos al tiempo y al espacio, por mucho que los amigos del pregonero se dediquen a esparcir por la ciudad que nos encontramos ante el mejor pregón de todos los tiempos. La riqueza raramente aparece en una meditación, no solo la lingüística sino también la sentimental. Los silencios impostados, las declamaciones fingidas o los ripios con pretensión de convertirse en versos memorables son una buena muestra de ello.

Los ha habido brillantes en cuanto a composición pero fríos a la hora de transmitir; asombrados nos hemos quedado con algunas innovaciones intentando rescatar un acto al que solo puede acudirse con invitación -lo que también lo ha alejado más del pueblo-; hemos aplaudido ante pregoneros que parecían ofrecer un bajo perfil, y otros nos han regalado versos que no esperábamos.

Hemos conocido el compadreo, la ojana y un corporativismo desmedido que durante años nos hizo creer que estábamos asistiendo a una auténtica obra de arte para enmarcar en la historia de los pregones y por ende, que no sabíamos quiénes opinábamos lo contrario que no nos habíamos enterado de nada. Hasta que aparecieron las redes sociales y ampliamos puntos de vista, algunos con mayor solidez que los que, a pesar de haber salido de la facultad de periodismo, componen crónicas tan abominables o más que el pregón que nos hemos tragado de más de una hora y cuarto. Porque pregones para aburrir, los hay a manos llenas. Y así, mientras que pensamos que la Semana Santa no avanza, esta se va adaptando, porque si no lo hubiera hecho no habría podido seguir coexistiendo durante siglos. Mientras, la gran mayoría de los pregones nos muestran que es necesaria una renovación si no quieren quedar como una rémora del pasado. ¿Tomará alguna medida el recién estrenado Consejo?

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