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Córdoba, El suspiro del Ángel, Opinión

Pataleos, venganzas y firmas con salvedades

Suspira el querubín, sobrevolando el pataleo de los deseos incumplidos, observando divertido como los esfuerzos y las maledicencias no se han traducido en confidencias que caigan como maná del cielo. Suspira asombrado viendo como algunos recuperan el hacha que decían que alguien ponía en sus manos, mientras rabian como preescolares y rezuman bilis de frustración. Y es que no se puede representar un papel tanto tiempo y al final el lobo pierde la piel de cordero para mostrarse como siempre fue.

Suspira el ángel porque hay quien dice que quien tanto viste de negro prepara algo contra quienes airean las verdades del barquero. Suspira expectante preguntándose qué medidas serán las elegidas, teniendo en cuenta que nada se puede deducir de la nada, y si serán consejos o sorpresas desagradables a la vuelta de la esquina la consecuencia de tanto susurro al oído. Suspira porque se sorprende de que, a pesar de las canas, haya quien no aprenda con los años a desconfiar de la adulación gratuita y de la palmada en la espalda.

Suspira el serafín, porque el tres por fin dejó de ser dos para volver a ser el mismo tres que era. Suspira, conteniendo la respiración, por si convocan al tres donde los barcos navegan el más grande y el tres se vuelve a quedar en dos. Suspira desconcertado, porque no comprende qué valor tienen los contratos que se firman con salvedades y porque, visto lo visto, ¿no hubiese sido mejor completar de otro modo la terna por si rompe antes de lo supuesto?

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