La labor catequética de la hermandad del Remedio de Ánimas es incuestionable. Una vez más dicha corporación ha presentado ante la sociedad cordobesa una escena cargada de simbolismo, transcendencia, fe y espiritualidad. Jalonando la impresionante imagen del otrora Cristo de los Remedios y de las Benditas Ánimas del Purgatorio, hallamos las tremebundas efigies de la Muerte y del Pecado, rodeadas por varios objetos relacionados con ambas entidades y que nos recuerdan lo breve que es nuestra vida y lo fácil que resulta perdernos en ella. Para conocer mejor el sentido último y particular de toda la escena os recomiendo que leáis en redes sociales la explicación que la propia hermandad ha puesto a disposición del espectador curioso.
Una representación tan vívida de los misterios de la fe, sobre todo de aquellos que sobrepasan este mundo tangible para adentrarnos en el venidero, permite plantearnos una serie de cuestiones que son capitales en este tiempo de Cuaresma. La palabra «penitencia» se encuentra a flor de piel en estos días, aunque su apreciación actual se manifieste entre los bautizados con cierto desdén. Si bien el concepto de penitencia no debe llevarnos a antiguas consideraciones medievales, donde el flagelo y la autolesión estaban a la orden del día, no está de más tener presente que esa antigua práctica devocional resulta muy provechosa a nivel espiritual. Alejando, pues, viejos fantasmas del pasado, la penitencia consiste únicamente en desasirnos de lo superfluo para fijarnos en lo sustancial.
Como todo en esta vida, muchos de nuestros actos se revisten de ciertos gestos y ritos visibles o, mejor dicho, sensoriales. Por ejemplo, el precepto de no comer carne los viernes de Cuaresma, así como el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, no implica que la carne, entendida como materia, sea mala en sí. Ese acto es un gesto, un símbolo que implica una renuncia sobre algo preciado y valioso. Esa pequeña penitencia quiere hacernos ver que nada de lo que este mundo carnal nos ofrece tiene valor por sí mismo, ni tampoco nos ayuda a vivir más allá de la muerte. En consecuencia, solo Dios basta —como diría santa Teresa— para alcanzar el fin último del hombre: la Salvación.
No obstante, no caigamos en la tentación de despreciar el mundo, pues si despojamos a este de todos los tópicos negativos que lo afligen y nos quedamos con su valor original —es decir, el de Creación—, no cabe duda de que ha de ser bueno por fuerza. Esta es la paradoja de la paradoja de la vida, donde muchas cosas son a la vez buenas y malas. Pero, ante esto, la respuesta de Cristo es clara y entendible: solo lo que sale del corazón puede ser calificado de bueno y malo. De este modo, la maldad del mundo y su maledicencia son proporcionales a la maldad y la maledicencia que el hombre quiera sembrar en él. En otras palabras, más sencillas y algo duras, tenemos lo que nos merecemos, tanto bueno como malo. Pese a todo, nuestro Dios, inscrito con nosotros en la propia historia, hace su parte y en muchas ocasiones nos libra de esas mismas iniquidades que nos exasperan. Podemos verlo hoy en la capilla de Ánimas, donde un Cristo «durmiente» se sobrepone por su pálido mutismo a la sonoridad espantosa del Pecado y de la Muerte.
Enseñar mostrando es un arte, y una vez más la hermandad de Ánimas lo ha conseguido. Ante esto, solo queda acercarse a la parroquia de San Lorenzo, observar el panorama que nos ofrece y dejarnos llevar por la significación de su misterio. No se puede pedir más en este primer viernes de Cuaresma. En este tiempo de redescubrimiento individual, indudablemente podemos decir que la contemplación del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas, tal y como lo encontramos hoy en su capilla, se perfila como una irrepetible experiencia de conversión.





