Los obispos andaluces han celebrado una asamblea en la que han enviado un mensaje claro: «(…) eviten sucedáneos de la verdadera piedad«. Estas declaraciones van enfocadas especialmente a guardar las medidas sanitarias vigentes y a mantener el culto al Señor en la medida en que se pueda; pero en ningún caso abordan el tema de las procesiones ni dan una visión propia sobre su celebración. Yo al menos no he leído una línea al respecto en el comunicado. Seguramente usted, querido lector, tampoco. Sin embargo, sí hay determinados medios de comunicación que se toman la enorme libertad de anunciar que los obispos andaluces están en contra de las procesiones. Sí, Señor. Sin anestesia, que duele más. Es por desgracia algo usual, pero también reprobable.
Buena parte del periodismo cofrade se ha convertido de unas décadas a esta parte en una suerte de esperpento, ni mucho menos tan brillante o bien escrito como el de Valle Inclán, que nada en el estiércol y en la carnaza mediática del titular llamativo y despiadado; y, por ende, incierto. Un poco elegante fuego de artificio para conseguir clics en la noticia. Y de paso, como de costumbre, manipular al personal para lograr apoyos para una corriente de opinión concreta, en este caso la opinión del rancio que no quiere oír ni hablar de otra cosa que no sean las procesiones de siempre. Y, fíjense, puede incluso que coincida bastante con esa postura, pero esto de los obispos es una manipulación indignante. No se puede tergiversar la realidad para que coincida con la opinión propia. Una cosa es leer entre líneas y otra muy distinta, inventar.
El sensacionalismo surgió en América a finales del siglo XX. No es ninguna novedad. Pero sí un reclamo cofrade en los últimos lustros, tanto en prensa como en radio y televisión. La etapa del todo vale ha alcanzado su cénit en los medios, y se jactan de celebrarlo cada vez que pueden. ¿O es que ustedes no han contabilizado alguna vez las informaciones sobre hermandades que dan por verídicas y en unos días caen en saco roto? Es absolutamente lamentable. Daba gusto escuchar en los años 80 y 90 a grandes profesionales como José Luis Garrido Bustamante o Luis Baquero, elevando a la máxima potencia los programas y retransmisiones cofrades con una prosa correcta y próxima al espectador, pero informando con rigor y entusiasmo de los desfiles profesionales o de alguna información relevante. Esos tiempos se fueron como las golondrinas becquerianas. Ahora no queda ni una sombra de ellos. Todo se reduce a titulares banales, faltantes a la verdad y momentáneos, que solo buscan miles de clic en la red. Así es el periodismo cofrade actual, nada más y menos que una simple ficción.
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