Hay en el mundillo cofradiero un sinfín de variables que muestran la complejidad de un sector que influye de manera decisiva en nuestras hermandades y cofradías. Lejos de ser homogéneo, algo que puede parecerle a cualquier observador desde fuera, no hay más que dar unos cuantos pasos para comprobar la división que existe. Que, por otro lado, no es nada extraño, dados los piques que hay entre cofradías —no todas— y la dificultad de poder moverse en medio de círculos que pugnan por tener la verdad absoluta rodeados de tantos cuñados que saben de todos los temas: de imaginería a orfebrería pasando por marchas procesionales, itinerarios, color de la cera… y si los sacan de este mundo se mueven como pez en el agua en política, tanto nacional como internacional y cómo no, en realities show.
Prueba de la pluralidad está en la campaña que intentan promover para que vuelva el culto público a las calles. Aquí se enfrentan los partidarios de que las calles vuelvan a acoger los desfiles procesionales y los que piensan que sería el fin del mundo, cuando ya tenemos turistas por las calles, conciertos, partidos de fútbol… Según parece, todo acabaría seriamente perjudicado por las procesiones.
Esta división también está presente en otros círculos que forman parte del mundo de las cofradías, como el periodismo. Aquí es triste hablar de quienes se oponen por el único motivo de que vendrían personas de fuera, turistas, foráneos que llegarían a observar la grandeza de nuestras tradiciones. E incluso arremeten contra artistas que arriban hasta aquí, bandas, etc. Y lo hacen porque temen que se desmorone un castillo intocable, y desprecian y terminar por hasta odiar con desdén a quienes rebatan sus ideas. ¡Qué curioso que estén a favor de dividir y separar, pero en cambio se opongan fuertemente a la independencia de Cataluña!
Es complicado enumerar cuántos son, pero fácilmente identificables por las expresiones que suelen verter, hecho que se complica cuando de manera sibilina intentan influir, aunque ha de servirles de poco ya sea porque la ciudadanía no los oye o lee o porque, haciéndolo, se dan cuenta de la contrariedad supina que cometen. ¿Criticar la llegada de foráneos ya sea de la provincia, el país o el exterior pero alabar que la ciudad haya sido sede de la Eurocopa? ¡Qué paradoja! Podrían dedicarse a enviar sus billetes al cabildo ante la caída de ingresos por falta de turistas.
Aquí se da la circunstancia de que no solamente serían racistas sino aporofóbicos, esto es, rechazo hacia el pobre, porque estarían en contra del ciudadano de a pie con escasos recursos económicos, pero alaban la contratación de fichajes del Betis o del Sevilla que llegan a la capital.
Podría parecer que vamos hacia una sociedad más globalizada no tiene más que adentrarse en el mundo de las cofradías para ver cierto sector que no alaba lo propio con argumentos sólidos sino que lo hace desprestigiando e intentando dañar la imagen de lo externo. Y quien piense que hay pocos que defienden su «raza» por encima de las de los demás, está equivocado. Porque abarcan todas las edades. Desde el simpático viejito que solo escribe memeces y que tiene a su alrededor un coro de palmeros esperando que les pida que le pongan el micralax hasta el joven de treinta y pico años que es recibido por su hermandad a puerta cerrada teniendo privilegios que otros hermanos no pueden disfrutar.
¡Ay! ¡Qué razón llevaba aquel que dijo «¡Guárdate de quienes aman a Dios y no al prójimo, y de quienes aman la patria y no a los compatriotas!».





