Posmodernidad versus Semana Santa

Ha sido unas semanas convulsas en la calle María Auxiliadora, de hecho no ha faltado nada de las salsas de toda campaña electoral que se precie; juego sucio, zoco de propuestas y promesas bajo el paraguas de términos como: prioridad, objetivo, programa a desarrollar etc. Es decir, humo sustentado en palabras que pueden cumplirse o no, según el capricho humano o las circunstancias. A estas horas lo que sí se puede apreciar es que hay una candidatura que cuenta con el aval del positivo trabajo realizado en los últimos años, y que pocos discuten; y una segunda opción que parece dejarse instrumentalizar por intereses ajenos a los de la hermandad y sus hermanos, digamos que la hermandad del Prendimiento tiene un carisma ligado a una orden religiosa y no necesita la guía del clero diocesano.

La pregunta es si todo este ruido, no es el primer caso, ni será el último, ¿es beneficioso para una hermandad, es un instrumento adecuado para esclarecer propósitos y encontrar a la persona mejor preparada para ostentar un cargo como hermano mayor? La respuesta es, obviamente, no. El ruido mediático en redes y medios de comunicación sólo sigue un leitmotiv, dar espectáculo. Que no pare la música de algo en lo que se ha convertido el mundo cofrade, una industria del entretenimiento.

Es paradójico que eminentes y probos individuos con alzacuellos defiendan la necesidad de la Semana Santa, como herramienta de atracción turística lo que posibilitaría la mejora económica, y la creación de puestos de trabajo. No es ésta la ocasión de enumerar todas las fallas de estos enunciados. El turismo es una industria de poco valor añadido, que ocasiona precariedad, y estacionalidad para el trabajador, la gentrificación de los barrios de las zonas histórico-artísticas, y la emigración de los jóvenes con mejores titulaciones y preparación hacia otras latitudes.

Estos prohombres en su discurso, ante los ataques y vejaciones perpetrados contra la Semana Santa por parte del elemento progre y radicalmente anticatólico, rara vez, o ninguna, manifiestan que es un derecho inalienable del católico, que todavía protege el actual ordenamiento jurídico, el celebrar según su libertad religiosa el culto correspondiente a su Dios, culto que indisolublemente está ligado a las manifestaciones públicas en forma de procesiones. Es más, si alguien en un futuro más o menos cercano tratase de cercenar esta tan importante forma de religiosidad popular como es la Semana Santa debería contar con la oposición en primera plana de aquellos que por sus votos son los llamados a estar en primera línea. Eso esperamos.

Lo que ocurre es que esa esperanza de mantenimiento de una esencia católica, ligada inexorablemente a un culto entronizando la Majestad de Nuestro Salvador casa poco, diríamos que poquísimo, con esa concepción posmoderna del hombre actual que todo lo convierte en ocio y entrenamiento, ese hombre que por motivos lúdicos y económicos, en una acuciante infantilización de la sociedad, necesita de espectáculo para saciar sus ansias de divertimento. Pues no, la Semana Santa no es eso, o no debería serlo. Ni cuando se procesiona, ni tampoco cuando una hermandad toma una decisión importante, lo diga el rey o su porquerizo.

En muchos pasos y en muchas denominaciones de hermandades hay protagonismo para los santos, personas normales que subieron a los altares por un compromiso pleno con la Fe, compromiso que en muchos casos se dio por enfrentarse a un poder civil antagónico a la forma de concebir la existencia del cristiano, poderes civiles que eran la encarnación del mal. Esos santos dieron un testimonio que a veces los llevó al martirio, ninguno lo hizo por defender un parque de atracciones.