Puente Genil vivió este domingo, 16 de noviembre, una jornada especialmente significativa para su devoción cofrade. En la parroquia de San José, completamente colmada de fieles, el obispo de Córdoba, Jesús Fernández González, presidió la bendición de la nueva imagen de Nuestro Padre Jesús del Perdón Despojado de sus Vestiduras, que desde este momento pasa a integrarse como titular de la Real Hermandad y Cofradía de María Santísima Reina de los Mártires, San Juan Evangelista y Nuestra Señora de la Piedad.
Una obra nacida en el corazón pontanés
La hermandad ha sido la impulsora de esta nueva talla, confiada al imaginero local Jesús Gálvez Palos, quien firma una obra profundamente arraigada al sentir religioso de su pueblo. Durante el acto, el obispo valoró públicamente la calidad artística de la escultura y felicitó a los hermanos por el esfuerzo y la dedicación que han permitido culminar un proyecto largamente esperado.
Antes de la bendición, la corporación había difundido una nota en la que destacaba que este momento suponía un “hito histórico” que corona años de trabajo, oración y esperanza, a la vez que abre una nueva etapa de vida espiritual en torno a la figura del Redentor. También expresaron su profundo agradecimiento por la cercanía del prelado, cuya presencia —afirmaban— engrandecía una jornada memorable para la hermandad y para todo Puente Genil.
Una celebración compartida
La ceremonia contó con el acompañamiento musical de la Schola Cantorum Santa Cecilia y con el amadrinamiento de la Asociación Española contra el Cáncer de Puente Genil, que quiso sumarse a una cita de gran simbolismo para la comunidad.
























El sello artístico de Jesús Gálvez
La nueva imagen de Jesús del Perdón ha sido descrita por los presentes como una pieza dotada de serenidad majestuosa y una fuerza interior que se manifiesta en cada trazo. En su ampliada descripción, puede afirmarse que la talla concentra una quietud intensa, un silencio expectante en el que parece detenerse el tiempo, como si el instante previo a la Pasión hubiera quedado suspendido para permitir al fiel mirarlo de frente.
Su mirada, profunda y penetrante, no solo se dirige al devoto: lo busca, lo interroga y, a la vez, lo acompaña. En esos ojos se aprecia un destello en el que convergen vulnerabilidad y firmeza, un equilibrio que invita a un diálogo íntimo, casi susurrado, donde cada persona encuentra un mensaje distinto pero igualmente universal. La imagen, bañada en una luz que parece nacer desde dentro, transmite una unción sagrada que va más allá de cualquier descripción puramente técnica.
El Cristo ha sido realizado en madera de cedro real, cuidadosamente tallada y policromada hasta lograr un nivel de detalle completo que evidencia la maestría del escultor. Con una altura de 1,80 metros, la imagen conjuga la monumentalidad propia de las grandes tallas devocionales con un acabado minucioso, en el que cada elemento —desde los pliegues del cuerpo hasta la expresividad del rostro— refleja un estudio profundo del clasicismo y la tradición iconográfica del arte sacro.
La policromía se ha trabajado mediante capas finas y sucesivas de veladuras, logrando un efecto de profundidad y realismo notable, que permite captar matices sutiles de luz y sombra sobre la superficie. Los ojos pintados y las gotas de cristal que simulan la sangre dotan a la imagen de un realismo conmovedor, intensificando la expresividad de un rostro que transmite serenidad y conocimiento de su destino. El Crucificado, aunque consciente del sufrimiento que le aguarda, mantiene un gesto de entrega total: “Padre, te entrego mi cuerpo y mi alma”, proyectando al espectador la fuerza espiritual y la calma interna que caracterizan su sacrificio.
El tratamiento de las heridas incluye detalles de arenilla adherida en codos y rodillas, evocando de manera realista los golpes y caídas sufridas durante la Pasión, lo que refuerza la verosimilitud de la escena y su vínculo con la devoción popular. La corona, completamente tallada y policromada, enfatiza la dignidad y autoridad de la figura, complementando la sensación de presencia poderosa y majestuosa que irradia la imagen.
Desde un punto de vista estilístico, la obra refleja los rasgos clásicos de los grandes maestros: proporciones armoniosas, equilibrio compositivo y expresión contenida, al tiempo que incorpora la personalidad y sensibilidad artística del autor, cuya trayectoria se manifiesta en el cuidado extremo de los detalles y en la coherencia formal de la pieza. La combinación de profusión de veladuras, policromía fina y elementos de realismo dramático sitúa a la obra dentro de un corpus contemporáneo que dialoga con la tradición histórica del arte sacro, fusionando técnica depurada, devoción y emoción contenida en un conjunto escultórico de gran fuerza expresiva.
En conjunto, esta imagen del Cristo representa un ejemplo paradigmático del arte sacro contemporáneo, que logra articular tradición, realismo detallado, expresividad contenida y solemnidad. La obra no solo impacta por su monumentalidad y perfección técnica, sino que también establece un diálogo espiritual con el espectador, invitando a la contemplación y a la meditación sobre el sacrificio, la entrega y la fuerza de la fe.
Un amplio currículum
El escultor responsable de esta obra cuenta con un extenso currículum, habiendo ejecutado otras importantes imágenes de la Semana Santa y del patrimonio religioso andaluz, entre las que se incluyen: el Cristo Crucificado del Silencio de Puente Genil, la Virgen de la Candelaria en el Monumento a Jesús Nazareno, el misterio del Huerto en Córdoba, el misterio de la Soledad de Granada, el misterio de Montoro, así como el Resucitado de Loja y la obra para los Afligidos de Roma, entre muchas otras. Su producción abarca igualmente la escultura civil, como el monumento al poeta Carlos Delgado, el Cónsul de Italia en bronce y diversas intervenciones en espacios públicos que muestran su versatilidad y dominio técnico.





