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El Capirote, Opinión, Sevilla

¿Qué nos pasó?

Una de las imágenes que más ha llamado la atención del recién estrenado curso cofrade ha sido la de la Virgen de los Dolores, de Capuchinos, ataviada como pastora. La idea, que según me cuentan surgió de los mismos frailes, apenas ha dividido a los círculos cofrades. La mayoría de ellos, tras sorprenderse, se han llevado las manos a la cabeza ante esta iniciativa que algunos esperan que no vuelva a repetirse.

En los últimos tiempos asistimos a la innovación en ciertos campos que sería mejor no explorar. Del mismo modo que a cualquier cambio, por mínimo que sea, se le tilda de histórico, el factor sorpresa llegó al mundo de las cofradías para quedarse, aunque engulla vorazmente el buen gusto. Y, lo que es peor aún, sin tener en cuenta el valor histórico.

La Virgen de los Dolores, obra de Astorga, es probablemente una de las dolorosas más desconocidas del imaginero archidonés. Como saben no es titular de ninguna hermandad ni realiza culto externo, lo que le hace estar alejada de las labores de conservación. No tiene una lupa constante como la mayoría de las imágenes que salen en Semana Santa, cuyas juntas de gobierno encargan estudios y análisis para iniciar labores de mantenimiento cuando tengan el más mínimo indicio de que la imagen ha de ser intervenida.

Y un día, a los capuchinos se les ocurre la idea de presentar a la dolorosa con un borrego entre las manos. Y lo que a simple vista puede resultar incluso anecdótico, acaba siendo un capítulo más de una etapa en la que el valor del patrimonio parece estar supeditado al interés de unos pocos.

Si echamos la vista atrás pocos no recordarán el gran nazareno de Montañés con dedos pegados a la mano con cinta adhesiva, la hermandad de aquel lejano barrio que levantó un portentoso altar de cultos con enseres del templo devolviéndolos en un más  que lamentable estado, y así un largo etcétera que deja en evidencia la actuación de unos cuantos.

Se da la circunstancia también de las corporaciones que se han prestado enseres y han llegado a enfrentarse ante la devolución de enseres, incluso en cofradías que residen en un mismo templo. Y de aquellas que se creen poseedoras de lo que se encuentra a su alcance dentro de la sede canónica, y acaban arrollando con lo que encuentran a su paso, sin tener en cuenta el valor histórico de los enseres. Y así nos presentamos ante un nuevo capítulo que vuelve a recordarnos que hay fórmulas con las que es mejor no experimentar.

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