Reflexiones heterodoxas | ¿Cambiar de fecha la Semana Santa… por qué?

Recientemente, aunque la propuesta viene del pontificado de Francisco, la Iglesia Católica ha vuelto a mostrar su disposición a unificar, con las iglesias ortodoxas, la celebración de la Semana Santa. La idea se enmarca en el deseo de Roma de ahondar en el proceso de reunificación de todos los cristianos, enmarcado en el contexto del 1.700 aniversario del Concilio de Nicea, celebrado en 325. En este trascendental Concilio, se fijó que la Pascua se celebraría el primer domingo después de la primera luna llena de primavera, nuestra icónica Luna de Nisán, aquel año el equinoccio tuvo lugar el 21 de marzo y fue a partir de este momento cuando comenzó el conteo. Sin embargo, con el paso del tiempo la fecha del acontecimiento se fue adelantando hasta el punto de que, en 1582, el desfase era ya de 10 días. Esto generó la necesidad de corregir tal desajuste, de manera que el papa Gregorio XIII, siguiendo los acuerdos del Concilio de Trento, encargó a un grupo de astrónomos y matemáticos de la Universidad de Salamanca, con Luis Lelio, Pedro Chacón y Cristóbal Clavio a la cabeza, la adecuación del año litúrgico al año terrestre, para resolver el desfase que provocaba el Calendario Juliano, de suerte que, del 4 de octubre del citado año, se pasó al 15, pues los diez días que se perdían ya habían sido vividos. La consecuencia directa de esta decisión fue que, mientras la Iglesia Católica se adaptaba a este nuevo calendario, las iglesias ortodoxas, entre otras cosas para mostrar su rechazo al papado, permanecieron fieles al Calendario Juliano, que había sido instaurado, en el año 46 a.C., por Julio César.

La basílica de San Pedro de Roma, epicentro del catolicismo, vista desde la avenida de la Conciliación. Foto: PacoRomán

El origen de todo este proceso hunde sus raíces en el año 395 d.C., cuando Teodosio decide dividir el impero romano entre su hijo, Honorio I, que se queda con la parte occidental con capital en Rávena, y su nieto Arcadio con la parte oriental, con capital en Constantinopla. Esta separación va a generar un progresivo distanciamiento, tanto político como teológico entre las jerarquías religiosas, de manera que llegamos al año 1054, cuando se produce el denominado “Cisma de Oriente”, es decir la separación de las iglesias romana y constantinopolitana, con la subsiguiente excomunión mutua. Desde el punto de vista político, pronto surge el enfrentamiento entre el Papa y el Patriarca de Constantinopla, que no aceptaba la primacía de Roma sobre el resto de la Iglesia. Desde el punto de vista teológico, dos fueron los puntos de desacuerdo: el uso de pan con levadura o pan ácimo en la Eucaristía y la cuestión de la procesión del Espíritu Santo (Filioque), porque toca cómo entendemos la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Credo original decía que el Espíritu Santo “procede del Padre”. En Occidente se añadió más tarde “y del Hijo” (Filioque), pasando a formar parte de nuestra fe católica. Actualmente, son muchos los teólogos católicos, alentados desde Roma, que tratan de buscar fórmulas lingüísticas que sean aceptables para las iglesias ortodoxas, sin cambiar la doctrina. Como podemos comprobar, la cuestión tiene un calado que va mucho más allá de un simple cambio de fechas. Pero volviendo al comienzo de esta columna, me pregunto ¿Qué sentido tiene que los católicos adaptemos la celebración de la Pascua al calendario Juliano? No quiero ni puedo inmiscuirme en cuestiones teológicas, que para eso tiene doctores la Iglesia, pero, en mi humilde opinión, existen otras razones que recomiendan dejar las cosas como están. En primer lugar, las estrictamente científicas: la Tierra tarda 365 días, 6 horas, 9 minutos, 9 segundos y 733 milisegundos en completar su periplo alrededor del Sol, tiempo que se corresponde de forma sensible con lo que señala el calendario Gregoriano, por esta razón, no parece razonable cambiar el modo de computar el año litúrgico de acuerdo con el calendario Juliano, dadas las inexactitudes del mismo. Por otra parte, si tal cambio se llevara a cabo, habría que adaptar el resto de festividades religiosas: Pentecostés, el Corpus o la mismísima Navidad, los ortodoxos la celebran el 7 de enero. Como digo, no parece lo más razonables. Por estas mismas razones podrían ser ellos los que se adaptasen a nuestro cómputo, al fin y al cabo, es el que funciona a nivel civil, prácticamente, en todo el planeta, incluidos los países de religión ortodoxa. Por último, se encuentran las cuestiones de tipo tradicional y emocional: ¿Os imagináis ver nazarenos de capas y terciopelos o ruanes a comienzos de mayo, mientras que suenan las sevillanas en nuestras cruces de mayo o en el real de la feria hispalense? A los pregoneros se les vendrían abajo sus alusiones a la luna de Nisán o al intenso aroma de los azahares, porque ya habría cumplido su ciclo natural, No, decididamente, no estoy de acuerdo con tales cambios, por muy ecuménicos que puedan ser. Siempre hay cuestiones más importantes que resolver y siempre se puede enfatizar sobre aquello que nos une, sobre aspectos que bien pueden soslayarse y que cada cual viva sus tiempos de acuerdo con su tradición.

Interior de la iglesia de Santa Sofía en Estambul, sede de los patriarcas de Constantinopla. Foto: PacoRomán

Foto portada: Mosaico conservado en el interior de Santa Sofía donde se aprecia a la Theotokos, la Virgen en su maternidad divina, escoltada por Justiniano y su esposa Teodora. Foto: PacoRomán