Es tradición en esta Córdoba que nos acoge tomar tarde, si es que no pierde, los trenes de las oportunidades. Por desgracia el rosario de casos, en todos los órdenes de la vida ciudadana, resulta incontable. Por citar algunos, recordemos el problema del traslado de la estación de ferrocarril. La solución final fue sensiblemente parecida a la propuesta por el alcalde Alarcón. La diferencia fueron los 2.244 millones de pesetas que le costó a la ciudad, cuando inicialmente no superaban los quinientos y se habían perdido 17 años. Otro caso fue el del famoso “puente de Calatrava”, rechazado por el Consistorio porque venía apadrinado por la Junta de Andalucía, esa fue la razón de fondo, privando a la ciudad de disfrutar de una obra de este arquitecto e ingeniero universal. O más recientemente, el proyectado “Ojo del Califa”, una torre que iba a ocupar el solar del antiguo hotel Meliá, que rápidamente fue rechazado por las fuerzas vivas ciudadanas pretextando que rompía la línea del horizonte de la ciudad. Y claro, estas ocasiones perdidas también han afectado al mundo cofrade. De obligado cumplimiento es la mención al obispo Trevilla y su famoso decreto, que acabó metiendo al mundo cofrade en un forzado y desastroso letargo que, casi, llega a nuestros días. Pero este no es sino una cuenta más de ese rosario al que aludimos.
Ya han transcurrido siete años desde que, tras vencer no pocas reticencias, asistíamos al traslado de nuestra Carrera Oficial al primer templo de la Diócesis. Comenzando por algunas de nuestras hermandades, continuando por los ayuntamientos “progresistas” y sus corifeos del movimiento vecinal, laical y hasta de alguno que pasaba por allí, para finalizar con los comerciantes de la zona, a los que les molesta hacer caja. Y yo me pregunto, ¿qué habría pasado si hubiera cuajado el traslado en 1960? El alcalde Cruz Conde, don Antonio, con su visión de futuro, se dio cuenta del inmenso potencial que representaba tal cambio, bien es cierto que no se hacía estación de penitencia dentro del templo, pero corrían otros tiempos, las dificultades de movilidad de los pasos complicaban la cosa, pero, sobre todo, no se supo ver las posibilidades que ofrecía aquel traslado: las hermandades, al unísono, rechazaron la decisión tomada por el Consistorio; algunas, como Ánimas y el Huerto, llegaron a desaparecer temporalmente. Protestaron los comerciantes del centro, pretextando pérdidas para sus respectivos negocios. Lástima que ese interés no se viera sustanciado en algún tipo de acuerdo, que beneficiara nuestras siempre maltrechas economías. La jerarquía, por su parte, jugó sus bazas y, a diferencia de hodierno, en vez de favorecer el traslado, se puso de perfil, cuando no abiertamente en contra. También hay que recordar un detalle importantísimo: que en aquellas fechas no existían las famosas celosías, y todo hubiera sido más fácil a la hora de abrir la, no menos, famosa segunda puerta, la cual ya existía, aunque tapiada, como puede apreciarse en sendos grabados del siglo XIX, bajo el nombre de “puerta del Pilar”. En fin, perdimos una oportunidad de oro para recuperar el sentido eclesial de la estación de penitencia, que no es otro sino peregrinar, en nuestro caso, al primer templo de la Diócesis. Ahora que se ha recuperado, sólo cabe seguir profundizando y afianzando el camino iniciado. Estos cambios ya nos han dado la oportunidad de descubrir nuevos espacios y nuevos marcos referenciales como la avenida del Doctor Fléming o el Campo Santo de los Mártires que, a poco, se convertirán en tradicionales e imprescindibles y, por cierto, también habrá comerciantes que descubran que esto de la Semana Santa resulta beneficioso para sus economías… Podrían tener un detalle. En cualquier caso, todavía tendremos que esperar algunos años para perfilar recorridos y horarios definitivos, para lo cual, todos sin excepción tendremos que ceder en algo para lograr un bien superior, máxime, cuando las llamadas cofradías de vísperas vienen empujando con fuerza y, más temprano que tarde, habrá que abrir algún melón hoy todavía verde: el Sábado Santo.






