El pasado viernes asistimos al último esperpento de esta sociedad occidental que tiene la desfachatez de autocalificarse como libre, inclusiva, diversa, democrática y alejada de cualquier fanatismo. Como todo el mundo sabe, me estoy refiriendo al acto inaugural de los Juegos Olímpicos de París. Vaya por delante que la ceremonia, en su conjunto, me decepcionó con creces, esperaba muchísimo más de París. La ceremonia me resultó sosa, lentísima, predecible y cargada de tópicos, solo salvo de la quema la presencia de grandes atletas acompañando al “Rey de París” -Rafael Nadal-y el ingenioso pebetero diseñado para que la llama olímpica brille durante los dieciséis días de los juegos. Pero, sobre todo, el montaje me pareció un canto al feísmo y al mal gusto, ¿a qué venía la presencia de María Antonieta decapitada? Y especialmente lamentable el último cuadro donde, una vez más, los presuntos adalides de la modernidad en el sentido más amplio imaginable, de la libertad de pensamiento -estamos en la patria de Voltaire- y de expresión, se despacharon con una recreación de la Última Cena de Leonardo, zafia y ramplona, por mucho que el director del desfile, Thomas Jolly quisiera insistir, en el plató de BMF TV, que lo allí representado fue una fiesta pagana vinculada con Dionisio, dios griego de la fiesta y el vino, padre de Secuana, representada por ese personaje de aspecto siniestro que cabalgó sobre un caballo metálico, que sería la diosa vinculada con el rio Sena. Según el creador del espectáculo, sólo querían “hablar de diversidad” lo que para él es sinónimo de “inclusión de todo el mundo”, aunque para ello no dude en excluir a la inmensa mayoría. Puestos a ofrecer ideas, podría haber realizado un canto al cruasán o al pan brioche, aportaciones francesas a la cultura culinaria universal, reconocidas y celebradas universalmente.
Como era de esperar, la reacción abrumadora de creyentes y no creyentes –remarco este detalle-, criticando el espectáculo, ha levantado ampollas. Para alguien como yo, hermano de la Sagrada Cena, ver representado el misterio de la institución de la Eucaristía, de forma tan chabacana y grosera, es algo inaceptable, aunque ello no me lleva a desear la muerte de los creadores y protagonistas del bodrio. Ante la sorpresa provocada, por de pronto, la organizadora de los Juegos no tardaba en pedir disculpas por cualquier ofensa causada, alegando que no era su intención insultar los sentimientos religiosos de los miles de cristianos y, muy especialmente, católicos que contemplaron el desfile. Por otra parte, la ocasión ha sido convenientemente aprovechada, por la izquierda y la extrema izquierda, para acusar a todas las voces discordantes, de fanáticas y de pertenecer a la extrema derecha política, social y mediática. Para estos héroes de la libertad, todo se reduce al clásico y maniqueo “si no estás conmigo, estás contra mí”. Lo más gracioso es que el líder de la izquierda radical francesa, Jean-Lúc Mélenchon, se preguntaba lo siguiente, en la antigua red social del pajarito: «¿Por qué arriesgarse a herir a los creyentes? ¡Incluso cuando seamos anticlericales! Esa noche estábamos hablando con el mundo. Entre los mil millones de cristianos que hay en el mundo, ¿cuántas personas valientes y honestas a quienes la fe les ayuda a vivir y saben participar en la vida de todos, sin molestar a nadie?», con lo que desmontaba de un plumazo las “teorías woke” de los defensores de la corrección política.
Llegados a este punto, traigo a colación mi artículo del pasado 6 de julio, titulado “Sobre la intolerancia de los tolerantes”. En dicha columna hacía alusión a la peligrosísima deriva de la sociedad occidental y de su evidente crisis de valores, de lo que este espectáculo no es sino su último eslabón. Y conste que la discrepancia, lejos de hacerse cortando cabezas o a tiro limpio, se ha realizado por métodos, a todas luces, civilizados pues no se tiene constancia de actuaciones violentas, todo lo contrario. Se han ofrecido razones y argumentos, lejos de lo que suelen practicar los tolerantes oficiales que, en cuanto se les lleva la contraria, además de vociferar como posesos, no dudan en usar la violencia para imponer su verdad vacua, inconsistente y hasta obscena, aunque sea a estacazos. Recordemos aquello de las alertas antifascistas que lanza los comunistas, cuando pierden cuotas de poder. Los intentos de rodear el Congreso de los Diputados o la descalificación del Poder Judicial o de la prensa libre, cuando no pueden ser colonizados o sometidos a sus dictámenes. Miremos lo que está ocurriendo ahora mismo en Venezuela. Y más cercano, en nuestra Córdoba callada, recordemos las salidas de pata de banco que, de vez en cuando, protagonizan los cuatro progres de siempre, presentes en todas y cada una de las plataformas ciudadanas, más virtuales que reales, reclamando la titularidad pública de nuestro primer templo, exigiendo un “procesionódromo” para nuestra Semana Santa, o que la vida de fe se lleve a cabo en el seno de la familia, alejada del espacio público, aunque luego a ellos no les tiembla el pulso a la hora de intentar imponer su neo inquisición progre y su religión laica, para la que no dudan en tomar los nombres de nuestras instituciones y sacramentos. En la tarea para desmontar todas estas falacias, nosotros los católicos y cofrades tenemos una labor fundamental. Con esto no quiero decir que todos los días haya procesiones y actos de culto en la calle, sino que no podemos dejar que nos coman el terreno, la grandeza de la democracia es que todos tenemos cabida siempre que aceptemos las reglas del juego y seamos respetuosos los unos para con los otros. Ante todo esto, yo me pregunto: ¿Quiénes son los fanáticos? ¿Quiénes son los tolerantes? Pues eso.







