Reflexiones heterodoxas | La presencia de la Iglesia en el casco histórico cordobés

El periodista Luis Miranda escribía un agudo artículo en el que venía a decir que, en la actualidad, el uso y abuso de la tecnología está borrando la capacidad del ser humano para orientarse, afirmando, con no poca ironía, que durante la fiesta de los patios «hay muchos (cordobeses) que ponen el teléfono para ir desde Tafures a la calle Parras», demostrando el desconocimiento del entorno urbano donde nos movemos a diario. Con el descubrimiento de la agricultura, la humanidad experimenta un avance decisivo que perdura hasta nuestros días: la sedentarización. El desarrollo urbano trajo consigo un problema de orden práctico: organizar un sistema de comunicaciones que facilitara el desplazamiento por la ciudad dando origen, de este modo, a la toponimia de las calles, por lo que, acercarnos al callejero cordobés supone entrar en contacto nuestra brillante Historia. Originariamente fueron denominaciones nacidas espontáneamente y sin normas, transmitidas oralmente, hasta épocas relativamente recientes en las que es la autoridad político administrativa la responsable de asignar o cambiar, a veces de forma lamentable, el nombre de las calles. 

A la hora de clasificar los topónimos hemos decidido establecer cinco categorías: En primer lugar, contemplamos la topografía del territorio urbano. En el grupo segundo tratamos de las calles significadas por la presencia de elementos urbanísticos diferenciadores. De la Iglesia, su labor asistencias y los hagiotopónimos o topónimos que recuerdan a los santos, se ocupa el tercer apartado. En el grupo cuarto nos ocupamos de la actividad productiva. Para finalizar nuestro recorrido, en el grupo quinto, tratamos de las gentes de Córdoba. 

La conquista de la ciudad por las tropas de San Fernando supone un giro copernicano en la organización de la población. Básicamente la localidad quedó dividida en catorce collaciones, siete en cada uno de los dos grandes sectores, convirtiendo las parroquias en centros de la vida administrativa del Concejo que la administraba. Esta organización urbana va a permanecer, prácticamente inalterada, sólo con algunos ajustes, hasta finales del siglo XIX, tal y como se puede comprobar en las disposiciones recogidas en las Ordenanzas Municipales de 1884, según las cuales la ciudad quedó organizada en ocho distritos, treinta barrios y sesenta cuarteles, pero a la base de todo seguían estando las parroquias. Esta realidad nos habla bien a las claras de la preponderancia que va a tener la Iglesia a lo largo de más de seis siglos. Durante la Baja Edad Media, el grupo más numeroso de la población será el compuesto por los clérigos, que alcanzan el 21,04% de la población, seguido de los cargos públicos y militares que suponían el 14,95%. Tal preponderancia va a tener su reflejo en el nomenclátor cordobés.  

Por otra parte, se daba la circunstancia de la falta de alumbrado público, por lo que esta necesidad se veía satisfecha con las velas de los innumerables altares que salpicaban la geografía urbana y que, como señala Ramírez de Arellano, fueron eliminados en 1841 por orden del «ilustrado jefe político D. Ángel Iznardi para que se quitasen las muchas imágenes que había por las calles». Evidentemente, esta presencia de lo sagrado también tuvo su reflejo en el nomenclátor de la ciudad. En la actualidad, son 83 las vías que conservan azulejos recordando sus nombres del pasado. El grupo más numeroso de este conjunto es el integrado por las relacionadas con los conventos diseminados por la ciudad, con un total de 26 calles, de las cuales ocho recuerdan monasterios existentes en la actualidad y siete mantienen su nombre tradicional, aunque en este caso los conventos hayan desaparecido. Cenobios que, por ser de sobra conocidos no detallamos. 

A continuación, tenemos el grupo de los hagiotopónimos, es decir los nombres relacionados con los santos y la santidad en un sentido amplio. En total se mantienen 20 calles. De ellas nueve conservan sus nombres antiguos, mientras que en las trece vías restantes los han cambiado. Destaca la figura de San Bartolomé, uno de los doce apóstoles que gozó de gran devoción en nuestra ciudad como demuestra el hecho de que, en la Baja Edad Media, fueron varios los hospitales y ermitas dedicadas a este apóstol, superando los ocho templos o instituciones encomendadas a su protección, según afirmación de Ramírez de Arellano. En la actualidad se conserva una calle con su nombre en el barrio del Alcázar Viejo y un jardín en un ensanche de Alfonso XII. 

Como hemos señalado, la labor asistencial de la Iglesia también quedó reflejada en el callejero. Según las respuestas generales del Catastro de Ensenada, hacia 1759 había en Córdoba un total de 21 hospitales, todos regentados por la Iglesia, mientras que un siglo después, en 1860, el número se había reducido a sólo 12 centros asistenciales. Sirva como ejemplo el hecho de que en la collación de Santa Marina encontramos la calle del Muro de la Misericordia, contigua al hospital del Santísimo Cristo de la Misericordia fundado, hacia 1640, por una hermandad integrada fundamentalmente por piconeros, nacida con la finalidad de exponer los cadáveres de las personas desconocidas muertas en el campo.

También los clérigos y personas de vida consagrada daban ocasión para nombrar las vías, aquí encontramos la plazuela de las Beatillas, que recibe el nombre por un beaterio establecido allí desde el siglo XV, la plaza de Abades o la plaza del Rector, aneja a la sacristía de Santa Marina.

En nuestro deambular por las calles del casco histórico, también nos hemos topado con otros azulejos que ofrecen una información complementaria, que nos hablan de la propiedad de los inmuebles e incluso de la religiosidad de los moradores de aquellas casas, tal y como hemos encontrado en la plaza de la Lagunilla, donde subsisten un azulejo con la efigie de San Rafael y otro con la imagen de un crucificado, bajo la advocación del Amor, que no hemos podido identificar. Azulejo que se repite en la calle Adarve.

Como hemos indicado al inicio de este artículo, hasta fechas relativamente recientes, el nomenclátor surgía de forma espontánea, no siendo hasta 1861 cuando el Consistorio cordobés comienza a intervenir en el nombre de las calles, cosa que perdura hasta la actualidad, de acuerdo con las ordenanzas municipales vigentes. Como asimismo indicábamos, esta intervención se ha producido al hilo de los constantes vaivenes de la vida política local y nacional, esto ha llevado al cambio arbitrario de muchos nombres, actividad en la que, por desgracia, también los cofrades hemos tenido y tenemos parte de culpa pues, el deseo de ver homenajeados nuestros sagrados titulares en el callejero de la ciudad, ha llevado a cambios, o intentos de cambio, incomprensibles y como muestra un botón: la antigua plaza de Benavente, actual plaza de la Agrupación de Cofradías, cuando siempre hay calles nuevas que pueden recibir los nombres de nuestra devoción, como no hace mucho, ocurrió con la que homenajea a Nuestro Padre Jesús Caído en el nuevo barrio de Poniente o al Santísimo Cristo de Ánimas en la que bordea el ábside de San Lorenzo. Como colofón, últimamente estamos asistiendo a decisiones municipales que, en mi humilde opinión, resultan absurdas, pues se están rotulando espacios ajardinados, o no, situados dentro de espacios que ya cuentan con su nombre tradicional, valga como ejemplo el Jardín de Fray Ricardo de Córdoba dentro de la plaza de las Doblas, cual tan solo sirve para generar confusiones y restarle valor al nomenclátor como instrumento para facilitar la vida en la ciudad.

Azulejo existente en la plaza de la Lagunilla. (Foto: PacoRomán)
Jardín de Fray Ricardo de Córdoba (Foto: PacoRomán)