Reflexiones heterodoxas | Sobre la intolerancia de los tolerantes

En los últimos tiempos de lenguajes políticamente correctos, de buen rollito, colegueo y otras cursiladas para no llamar a las cosas por su nombre, una de las palabras que vienen triunfando entre las mentes biempensantes es: tolerancia. Según el Diccionario de la Real Academia, el verbo tolerar, en su primera acepción significa: Sufrir, llevar con paciencia y sólo en la cuarta acepción aparece con el significado de respeto. Esta disquisición viene a cuento de la deriva que el mundo occidental experimenta, en orden a establecer una Arcadia feliz, buenista, inclusiva, diversa y, sobre todo, tolerante.

Es un hecho incuestionable que nuestro mundo occidental, de raíces judeocristianas, hace aguas por todos sus costados y en esta deriva la desacralización de la sociedad, el ateísmo práctico y el rechazo hacia todo lo que huela a incienso es algo plenamente asentado entre todos nosotros. También es cierto que, para esa izquierda caviar, ultramontana, que, a toda costa trata de imponer su dictadura, presuntamente democrática, la Iglesia católica es el gran enemigo a batir y uno de sus caballos de batalla es la normalización, cuando no el apoyo decidido, a todas aquellas culturas, corrientes de pensamiento o religiones que se opongan con beligerancia al cristianismo en cualquiera de sus expresiones. Por esta razón, es frecuente encontrarnos con pintadas en las fachadas de los templos, donde reza aquello tan manido de que “el templo que realmente ilumina es el que arde”, o nos llaman a los católicos “secta fascista”, o el desmesurado afán de convertir a la Iglesia en una macabra organización integrada por pederastas y maltratadores de niños, cuando los datos demuestran que los casos dados en el seno del catolicismo suponen porcentajes muy reducidos respecto al total de casos contabilizados. O aún más cercano al mundo cofrade, con los exabruptos y salidas de tono de grupúsculos laicistas que, so pretexto de salvar a la sociedad de las garras del oscurantismo eclesiástico, claman en contra de nuestros actos de culto externos. En todos estos casos, la palabra tolerancia se vuelve del revés, porque al final, si no eres de su cuerda, no te salva ni la Caridad.

Por otra parte, nosotros los cofrades tampoco es que vayamos muy allá que digamos, porque nuestras disputas internas constituyen magníficos caldos de cultivo donde, quienes nos atacan, encuentran munición para sus diatribas pues, con excesiva frecuencia, en nuestras hermandades nos topamos con situaciones que rayan la obscenidad. Resulta habitual y desalentador a la vez, oír hablar despectivamente de “la oposición”, para referirse a aquellos hermanos que discrepan de las directrices emanadas de las respectivas juntas de gobierno, y que generalmente suelen ser los perdedores en los cabildos de elecciones, cuando los hay. También resulta harto habitual hablar de las “familias” o clanes familiares, generalmente enfrentados, sobre los que suelen sustentarse algunas de nuestras corporaciones, y que acaban convirtiéndose en auténticos poderes fácticos sin cuyo consentimiento, es imposible mover, siquiera un papel. En el fondo, el problema siempre es el mismo: no sabemos dónde ni para qué estamos en una hermandad. Desde luego no estamos para el lucimiento personal de nadie, ni para dar clases magistrales de lo que se debe hacer en cofradías, ni para anatemizar a aquellos que, en nuestra opinión, van con el pie cambiado, y mucho menos, para llevar al terreno de lo personal las lógicas y sanas discrepancias que pueden y deben existir como producto del debate generado al hilo de la gestión diaria. A partir de ahí, las consecuencias son evidentes: divisiones, odios irreconciliables y la más absoluta de las incoherencias: rezamos el Padrenuestro a la carta. Siempre estamos dispuestos a quitar la paja del ojo ajeno. O nos damos la paz con la navaja en la otra mano.

La verdad es que no alcanzo a comprender cómo somos tan cortos de vista, porque la pertenencia a una junta de gobierno, sea de hermandad, sea hasta de la mismísima Agrupación, lejos de procurar prestigio y reconocimiento social, al menos en nuestra ciudad, lo único que conlleva es trabajo y problemas familiares, porque para colmo, hasta nos cuesta el dinero. Sinceramente, creo que necesitamos una profunda catarsis colectiva que, para empezar, nos lleve a ser respetuosos, en vez de tolerantes. Esto significa que todos los programas de formación que se realicen son pocos. Por lo pronto, según el Estatuto Marco, los cofrades tenemos que dar testimonio cristiano permanente, a la vez que estamos obligados a promover y fomentar la unión entre todos los miembros de nuestras respectivas hermandades. Dicho de otra forma, no tenemos que ser amigos, a nosotros se nos exige algo más: tenemos que ser hermanos, porque uno sólo es nuestro Padre, y el Evangelio es claro y meridiano a este respecto: recordemos aquello de perdonar setenta veces siete, lo de ponerse en paz con el hermano antes de acercarse a Dios, o aquello otro de poner la otra mejilla. Mientras tanto, mientras que nosotros no seamos ejemplo de coherencia y de respeto, tanto en nuestra casa como de cara a la sociedad, estaremos haciendo un pan como unas tortas.


Fotos: Francisco Román Morales