Reflexiones heterodoxas | ¿Tiene sentido la Semana Santa en la actualidad?

No recuerdo muy bien cuánto tiempo hace, pero, con toda seguridad, fue a finales de la década de los noventa del pasado siglo, me planteaba la cuestión que da título a esta columna: ¿Tiene sentido la Semana Santa en la actualidad? Por aquel entonces mi respuesta afirmativa rallaba la candidez cuando no la ingenuidad más absoluta. Desde entonces al día de la fecha, la sociedad ha cambiado sustancialmente y mi opinión también. No me atrevería a afirmar que el cambio experimentado haya sido para bien, desde mi humilde punto de vista, creo que estábamos cerca del precipicio y ahora estamos dando decididos pasos al frente. Por desgracia, el mundo de las cofradías es un vivo reflejo de la sociedad que nos ha tocado vivir, por lo que, lejos de ser un claro signo de contradicción, un bastión donde la moral cristiana brille con luz propia, donde se cumpla aquello de “mira cómo se aman” del libro de los Hechos de los Apóstoles, damos espectáculos ciertamente lamentables y absolutamente contrarios a los sentimientos que, teóricamente, orientan nuestro día a día y nuestra esencia como asociaciones laicas de fieles. Porque la Cuaresma, lejos de ser un tiempo de reflexión, de perdón, de desierto y de preparación para los días grandes que se avecinan, se ha transformado en una especie de corte de Monipodio donde cabe todo. Hay quien busca en las hermandades y cofradías un lugar para hacer carrera social o profesional. Los cultos a nuestros sagrados titulares y la preparación de la estación de penitencia, pasan a un segundo o tercer plano, para ocupar los lugares preeminentes los nombres de quienes van a tocar el martillo en tal o cual cofradía, las bandas que acompañarán a tal o cual paso y los que arreglan todo en diez minutos se enseñorean por las tabernas y tertulias cofrades, como gurús de la neosemana santa laicista que, desde ciertos sectores políticos y sociales, están tratando de imponernos. La asistencia y participación a la procesión del Corpus supone para muchas hermandades, un acto engorroso con el que hay que cumplir, de cualquier manera, para salir de naja en cuanto se pueda. De ahí la importancia que tiene la pregunta con que titulamos esta reflexión.  

Si echamos un vistazo a la historia de este movimiento eclesial, todos conocemos que hunde sus orígenes espirituales en la doctrina emanada del Concilio de Trento, y en la estética del barroco, en su manifestación material, alcanzando durante los siglos XVII y XVIII la etapa de máximo esplendor. El siglo XIX trajo sus revoluciones políticas y con ellas las desamortizaciones de bienes eclesiásticos, para desembocar, ya en nuestro siglo, en la tremenda fractura que supuso la República y la guerra civil. La victoria militar del general Franco provocó, en las décadas de los cuarenta y los cincuenta del pasado siglo, el resurgimiento de la Iglesia Católica, lo que en ciertos sectores de la historiografía se ha dado en llamar “nacional catolicismo” y, con ello, se asiste al renacer de las hermandades y cofradías de Semana Santa. Son muchas las que reaparecen en estos años y muchas más las que se fundan ex novo, muchas veces para encubrir y blanquear veleidades con el derrotado régimen republicano. Sin embargo, a partir de la segunda mitad de la década de los sesenta el mundo cofrade, que permanece anclado en viejas fórmulas, entra en claro declive y puede apreciarse cómo hay hermandades que atraviesan largos períodos de inactividad llegando incluso hasta la desaparición. Junto a ello, se constata una paulatina disminución del número de hermanos que integran los cuerpos de nazarenos y hasta un escandaloso descenso en el público que asiste a presenciar los cortejos procesionales. No será hasta finales de la década de los setenta cuando el espíritu y enseñanzas del Concilio lleguen con nuevos aires al mundo de las hermandades, experimentándose una auténtica revolución con la incorporación de nuevas hornadas de cofrades que, con el entusiasmo que brota de su juventud, impulsan a este movimiento seglar hasta las cotas de esplendor estético que vive en la actualidad, aunque con escasa o nula formación cristiana y una raquítica presencia de hermanos en los actos de culto interno. Llama la atención que, en la actualidad, no hay pasito, por más pequeño que sea, que no cuente con su cuadrilla doblada, no digamos de los grandes pasos de misterio. Asistimos a un fenómeno desconocido hasta hace pocos años en nuestra ciudad: la eclosión del mundo de la música y el más extraño, al menos para mí y creo que para muchos que ya peinamos canas: el considerable aumento de los cuerpos de nazarenos, básicamente integrados por gente muy joven, que toman el hábito como una moda más, cuando no como un disfraz, en vez de como un acto penitencial y de protestación pública de fe.

Como conclusión, no tengo por menos que expresar mi escepticismo respeto al momento actual, creo que es fundamental y urgentísima una reflexión crítica y en profundidad para retomar el cauce por el que creo, deberíamos discurrir, que no es otro que tomar conciencia de que somos depositarios de un patrimonio material e inmaterial de incalculable valor y que debemos preservar y engrandecer. Que nuestra misión es anunciar públicamente y a los cuatro vientos, a lo largo de todo el año, pero muy especialmente, cuando cada Domingo de Ramos y durante una semana, comienzan nuestros desfiles procesionales, los dos grandes misterios de nuestra religión. El primero nos habla de la presencia viva y real de Cristo a través de la Sagrada Eucaristía. El segundo nos ofrece un mensaje de esperanza: Cristo resucitó y nosotros lo haremos al igual que Él. Esta es nuestra razón última de ser y el motivo por el que debemos seguir luchando a pesar de nosotros mismos.