Cruz de guía, Opinión

¡Reina!

Hoy es uno de esos días en los que la felicidad emerge del ostracismo dejado por el triste otoño que cada año rasura las hojas de los árboles de cara a la venida del intenso e incesante invierno. Y es este júbilo el que nace no solo proclamado por la irremediable llegada del Salvador, sino también por la celebración de la genuina fiesta en honor a la Inmaculada Concepción, patrona de nuestro bello país, de la que muchos se benefician y, a la vez, no reconocen.

Pero, ¿cuál es el origen del patronazgo que ostenta la Santísima Virgen concebida sin mancha?.

La importancia alrededor de la figura de la Inmaculada Concepción en España nos remonta a la época Visigótica concerniente al siglo VII d.C., cuando el monarca Visigodo Wamba se proclamó «Defensor de la Purísima Concepción de María» durante la celebración del XI Concilio de Toledo. Desde ese preciso instante fueron muchos los que dedicaron su devoción a una de las advocaciones más pulcras de la cristiandad. Hermandades y Cofradías defendieron en sus títulos la pretensión de estar acogidos bajo la nomenclatura de la Purísima Concepción de María, la Pura y Limpia. La más antigua, situada en Gerona, nació al amparo de monasterios franciscanos que predicaron la necesidad de realizar labores de asistencia social frente a las hambrunas y las enfermedades que azotaban la península.

Pero no es hasta finales del siglo XVI cuando se establece la fecha correspondiente al 8 de diciembre como fiesta consagrada a la Inmaculada Concepción de María. Sería en el transcurso de la Batalla de Empel, en la Guerra de los ochenta años, cuando se originaría esta arraigada efeméride. Durante la afrenta que enfrentaba a los Tercios Españoles contra los Estados Generales de los Países Bajos se produciría el milagro que, posteriormente, decidiría la batalla.

En el enclave enmarcado por la isla de Bommel, sita entre los ríos Mosa y Waal, se mostraban exhaustas las últimas fuerzas del Tercio Viejo de Zamora ante el implacable avance de los holandeses. Sería en ese preciso momento, cuando uno de los soldados encontraría una tabla flamenca con la Imagen de la Virgen mientras cavaba una trinchera, la cual sería colocada, posteriormente, en un altar improvisado objeto de rezos durante toda aquella noche.

Sería a partir de ahí, cuando el transcurso de la historia cambiaría. Aquella noche se desató una fría tempestad la cual congeló las aguas de los ríos colindantes brindándole a los tercios españoles, la posibilidad de atacar por sorpresa a las tropas holandesas y cambiar el transcurso de la batalla durante el alba de aquel 8 de diciembre.

Dos siglos después, durante el reinado de Carlos III, se instauraría la efeméride de manera oficial gracias a la bula papal de Clemente XIII que proclamó desde entonces a la Inmaculada patrona principal de España e Indias.