El Respiradero, 💙 Opinión

Reivindicación de la túnica

Muchos ignoran cual es el mejor sitio de una cofradía. Todo el mundo quiere llegar a ser acólito, costalero, vara en la presidencia, bocina o llevar cualquier elemento que no sea un cirio. Vivimos en los años – pese a que me duele decirlo – en los que una gran parte de los hermanos que componen las filas de una cofradía salen sin conciencia de qué es hacer estación de penitencia, de qué es ir alumbrando a tu Cristo o a tu Virgen. En una época en la que falta sentido común, las filas son más largas. Muchachos que antes de salir se hacen “selfies” vestidos de nazareno y comparten en las redes sociales su sitio en la cofradía. Muy atrás ha quedado aquel anonimato del nazareno. Ya el antifaz no tiene sentido. Es peligroso que la Semana Santa caiga en un acontecimiento social más que en una celebración religiosa. Perdería todo su fundamento, su razón de existir.

La luz que ilumina el sentido de los nazarenos de hoy son los últimos tramos del cortejo. Allí se vislumbran tras los ojos del antifaz párpados arrugados y ojos cansados. Sus andares son parsimoniosos. Cuando lo descubres te das cuenta que es la esencia de una cofradía, nada ha cambiado en ella, ellos siempre han estado. Cada uno tiene una historia. Todos se conocen entre ellos. Años y años citados en el mismo sitio. Participan en el rito más rico de la ciudad. Sus nombres nunca han tenido tanta importancia como cuando es pronunciado por el diputado del último tramo de una cofradía.

Son ellos los que mejor conocen a su Cristo y a su Virgen. Cada Semana Santa tienen la suerte de sentirlos cerca. Han visto pasar la vida al lado de ellos. Revestidos de una misma túnica. Protagonizando el peso de las décadas. Cuando se revisten vuelven a la infancia. Sienten el escalofrío de la misma tela con la que sus abuelas cada cuaresma sacaba tres centímetros de dobladillo. El recuerdo perenne de cuando llegaba a la iglesia de la mano de su padre. La alegría de aquel año que estrenaba la adolescencia de llevar una insignia. El dolor del recuerdo de ver guardada la túnica en el armario aquella Semana Santa en la que no pudo salir.

El nazareno de último tramo lleva consigo todos los recuerdos sentimentales que forman la vida y la Semana Santa. ¿Acaso no es lo mismo? Nadie podrá quitarle la sensación de ver a su hijo recién nacido tras el antifaz. La vez que renunció a su sitio para que él aprendiera a cómo se estaba en una cofradía, tal como lo enseñó su padre en aquellos años de blanco y negro, de penuria y escasez. La vida entera recoge al último nazareno de la cofradía. Ha visto pasar los años, creciendo en un tramo, desde la cruz de guía hasta ser el último nazareno del palio. Un día llegó sin tener consciencia de que era todo esto. Ahora su número de antigüedad tiene dos cifras y él un cirio con tacón negro. Es el que está más cerca de la Madre de Dios, como lo estuvo su abuelo. Aquel hombre del que aprendió a querer a su hijo. De niño lo vio como lo amortajaban con la túnica que había colgada en el armario de la casa de sus abuelos. Es el último nazareno de su cofradía y sabe que muy pronto hará estación de penitencia al cielo con una papeleta que lleva el mejor sitio. El de vivir eternamente disfrutando de la Gracia de María.

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