Muchas veces nos toca pararnos en mitad del camino, asentarnos en algún lugar preferiblemente cómodo y meditar durante un buen tiempo cómo va nuestra vida. Las cuestiones se suceden como las gotas de agua que ahora mismo se precipitan por mi ventana más cercana. Más allá de la mala poesía del inicio o del incomprendido interés filosófico del tema que he perfilado, lo cierto y verdad es que pocas veces invertimos parte de nuestro tiempo en mirarnos internamente, al modo de un examen de conciencia, y analizamos en qué punto de nuestra vida nos encontramos.
Ya ha pasado la Semana Santa, Cristo ha resucitado otra vez entre nosotros y el mundo ha cambiado. Obviamente dicho cambio a manos del resucitado fue realizado hace más de dos mil años y sus efectos se perpetúan en nuestros días. Sin embargo, ¿en qué nos afectan realmente? ¿Tras esta ansiada Semana Santa somos distintos, hemos alcanzado mayor fe o caridad, hemos acrecentado nuestra esperanza en lo venidero? En definitiva, ¿todo esto que hemos celebrado y conmemorado con tanto ahínco ha servido para algo?
La pregunta es muy difícil de responder. Por regla general, y siendo extremadamente estrictos con el sentido que la resurrección ha de tener en nuestras vidas, podemos decir que no. El triunfo de Cristo en nosotros supone una transformación plena. Si no se siente así, aún tenemos mucho que trabajar. Nuestra Semana Santa, a parte del goce y disfrute de tantas hermosas tallas y obras de arte, tiene como único fin alcanzar dicho triunfo. O, mejor dicho, preparar nuestros corazones para que Cristo los salve. Si la Semana Santa no ha logrado esta meta, hemos fracasado estrepitosamente.
Viene bien aprovechar estos momentos pascuales para reflexionar sobre lo anterior y entrever qué ha pasado en realidad. Es incluso una obligación adquirida. El negocio de nuestra salvación, como decía el insigne poeta fray Luis de Granada, merece toda consideración posible. Y recuérdese que la salvación no es cosa de angelitos, querubines cantarines, nubecitas en el cielo y cosa tan simples. Hablamos de un cambio esencial, donde el amor se yergue en el centro de nuestro todo y rige nuestra existencia. Es reunirse definitivamente con el Padre, a través del Hijo y en comunión con el Espíritu Santo. Es, como no puede ser de otro modo, vivir colectivamente y con generosidad el amor que Cristo nos demostró. Analicemos, pues, cómo vivimos ahora y aprovechemos el examen de conciencia para saber si Jesús ha resucitado realmente dentro de nosotros. Si es así, realmente todo el esfuerzo invertido durante el año habrá merecido la pena. Si no…
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