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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Salve, miserable Angel Negro

Es cierto que en el mundo en el que vivimos se hace cada vez más complejo creer en la justicia divina. No hay más que encender el televisor a cualquier hora del día para constatar cómo se multiplican los ejemplos de seres miserables que no sólo no pagan por lo que han hecho sino que, más bien al contrario, reciben premios por sus repugnantes fechorías. Y así, sin solución de continuidad, somos una y otra vez testigos de ejemplos de lo que les digo. 

Antes de continuar, voy a dejarte una cosa meridianamente clara, miserable tirano, no voy a nombrar a nadie, no te canses… jamás me vas a pillar si yo no quiero que me pilles. Me basta con que tú, los tuyos y quiénes piensan como yo, entiendan lo que digo. Me basta con imaginarte enviando a tus esclavos a escudriñar, leer y releer para ver si tienes carnaza donde hincar el colmillo. Sé que lo has intentado varias veces, poniendo a tu servicio toda la maquinaria que estaba a tu alcance, la que te correspondía y la que no era tuya y te apropiaste como lo que había en aquella caja. No lo has logrado y continuarás sin lograrlo, por mucha rabia que encierre tu ennegrecido espíritu. 

Tu poder solo alcanza a los vasallos que se dejan avasallar, a los cobardes que se dejan acobardar, a los bufones que llevan toda una vida arrodillándose en tu presencia mientras les tratas con todo el desdén que te ha permitido tu condición de tiránico señor feudal que cree gozar del derecho de intimidar y humillar a sus semejantes, pero nada puede con quienes tenemos la dignidad de reducirte a lo que eres, un insignificante personajillo que no es absolutamente nada sin el aroma de incienso que siempre te regalaron tus meretrices.

He de reconocer, no obstante, que hay acciones que todavía son capaces de provocar en mí alma unas ganas casi irrefrenables de romper el carnet que tengo en mi bolsillo casi desde el día en que nací, no como otros advenedizos que se golpean el pecho, enclaustrados en su chiringuito, haciendo creer que son los defensores de aquello que llevan años destruyendo. 

Y llegado este punto, quiero decirle a quien ha sido capaz de loar tus maravillas incluso atribuyéndote méritos que pertenecen a otros, que si la pretensión era tender puentes, no había peor forma de materializarlo, salvo que la intención nunca haya sido en realidad esa. Difícilmente es creíble desear con que el desterrado regresé al lugar que un día fue su hogar coronando a quien ha repartido odio y dolor desde su trono de tiranía.

En cuanto a tí, insignificante y vengativo Ángel Negro, voy a confesarte que ésta es la última vez en mi vida que voy a dirigirme a ti;, porque tengo la firme convicción de que no mereces in un segundo más de mi valioso tiempo. Pero antes de condenarte al ostracismo para el resto de la eternidad,  quiero desearte que vivas lo suficiente como para pagar por todo lo que has hecho y ver cómo te arrebatan lo que jamás debieron regalarte. Espero, sinceramente, que obtengas exactamente lo que mereces, el pago justo, ni más ni menos, que el derivado del odio que has esparcido a lo largo del camino que has recorrido, por el resentimiento que siempre has demostrado por algunos de tus semejantes, aquellos a los que has despreciado por no tener una cuenta corriente como la tuya y haber conseguido lo que tú jamás hubieses logrado de no tenerla. Todos los que te hemos sufrido, de un modo u otro, somos plenamente conscientes de que jamás has demostrado ni un ápice de humanidad, ni amor por tus semejantes, ni empatía ante el daño ajeno, ni siquiera por quienes te acompañaron en trances que no deseo a nadie.

Dicen que quien es tirano, lo es para toda la vida; como dicen que quien a hierro mata, a hierro muere. El tiempo dirá si así ocurre contigo. Tú, que has logrado enfrentar al universo, provocando fracturas irreparables, logrando que muchos se marchen para siempre y causando un dolor inimaginable en el alma de muchos que ya ni siquiera se acercan a reflejarse en la mirada de aquellos frente a quienes dieron sus primeros pasos en la búsqueda de la verdad. Has sido el máximo responsable de la tempestad que nunca ha dejado de arreciar desde que con tu actitud miserable decidiste destruir a quienes osaran toserte. Actitudes vergonzosas que algunos han ocultado bajo un manto de entregas a cuenta que siempre fueron eso, entregas a cuenta, que fueron retribuidas con creces, con lo que realmente deseabas, poder descontrolado y humillación perpetua a quienes te rodean y siempre consideraste y consideras inferiores.

Puede que estés sonriendo ufano, regodeándote en tu presunto éxito miserable y ridículamente exiguo, ostentando el premio con el que han comprado tu apoyo inmediato. Yo también sonrío, no te equivoques ni por un instante. Porque, en el fondo de mi corazón profundamente herido para siempre, pero ya cicatrizado desde hace años, sé positivamente que lo que no has pagado hasta ahora, lo pagarás cuando corresponda, porque tu nombre siempre irá de la mano de la tiranía que es tu auténtica leyenda, por más que algunos pretendan blanquear tu pasado como otros blanquean los tiros en la nuca, y que el odio que has sembrado a lo largo de toda tu existencia terminará volviéndose contra ti, martirizando tu negra conciencia, impidiéndote descansar, porque en el fondo de tu ser eres absolutamente consciente de que muy pocos te quieren, con título o sin él, y muchos menos te respetan. 

Por mi parte, ten por seguro que no te odio, no lo mereces, más bien al contrario, me das mucha pena. Porque es muy triste que tu vida haya quedado reducida a la insignificancia de necesitar imperiosamente un absurdo galardón, tan inservible como efímero, para compensar el desprecio que muchos te profesan, y como único medio a tu alcance para sentirte alguien. Una insignificancia que no solo se demuestra por los pocos que te han tendido la mano, en uno de tus mayores días de gloria, sino, sobre todo, por la indiferencia que ha despertado tu entronización entre quienes dañaste, esos que, ni siquiera en un trance como éste, en el que unos pocos buscaban la humillación de quienes consideran sus enemigos, se han molestado en perder un segundo de sus vidas por decirte a cara el sentimiento que en ellos despiertas. 

Seguirás siendo lo que eras, nadie. Un insignificante cero a la izquierda entre la mayor parte de quienes compartieron tu camino, que hoy, más que nunca, observan en qué te ha convertido tu prepotencia infinita, tu cobardía abominable y el rechazo y la vergüenza que es tu verdadera herencia y la esencia que destila tu nombre. Como te decía, ésta es la última vez que me dirigiré a tí. Salve, miserable Ángel Negro. Disfruta de tu soledad, de tu cortijo y de tu trono de rabia, desolación, ruina e indiferencia. Hasta nunca…

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