Si salen a la calle en primavera y pasean por el centro de la ciudad de Sevilla, es extremadamente sencillo que su mirada se dirija a los carteles de cultos y Vía Crucis que empapelan los muros de calles como San José o Córdoba. Esta estampa es muy común cuando se acerca la cuaresma y la primavera estalla por las esquinas, multiplicándose los olores del azahar y el incienso. Por estos días, los sevillanos sueñan mientras se topan con colores, formas, sonidos y aromas que inundan Sevilla como si de un paraíso se tratase. ¿Cuántos de ustedes, al toparse con estos carteles que anuncian Vía Crucis, se han sorprendido fantaseando con la Semana Santa que se encuentra a la vuelta de la esquina, la de su infancia, aquella que todos y cada uno de nosotros perseguimos cada año? Y envueltos en esa atmósfera perfecta, ¿quién no se habrá preguntado cómo fue el origen de la fiesta suprema de Sevilla y sus sevillanos?
Todo surgió de la mano de don Fadrique Enríquez de Rivera, primer Marqués de Tarifa y gran religioso, quien el 24 de noviembre de 1518 – a punto de cumplirse los cinco siglos de aquella gesta – inició una peregrinación a Tierra Santa que le marcó profundamente para el resto de su vida. Enríquez de Rivera, tenía en su palacio una capilla denominada de las Flagelaciones y organizó la celebración del Santo Vía Crucis desde la capilla de su casa hasta un pilar ubicado en la antigua Huerta de los Ángeles en el año 1521. En el camino se situaron doce cruces que marcaban doce estaciones.

En el año 1630 se cambió el recorrido de este Vía Crucis, iniciándose desde la fachada de su palacio hasta el Templete de la Cruz del Campo. Una centuria después se aprobó otro cambio, ampliando el número de estaciones a catorce respecto a las doce iniciales. El trayecto ocupaba 997 metros, la misma distancia que separaba el pretorio de Pilatos del Monte Calvario. No es extraño que por este motivo el palacio de don Fadrique pasara a llamarse Casa de Pilatos.
Varías hermandades decidieron hacer estación de penitencia al Humilladero de la Cruz del Campo. En el trayecto se forjó la religiosidad popular en torno a la pasión de Cristo representada litúrgicamente, con imágenes y flagelantes. Todo esto derivó a nuestra Semana Santa. Una tradición que sufrió una completa metamorfosis cuando el Cardenal Niño de Guevara decidió que las hermandades realizasen estación de penitencia a la Catedral de Sevilla, mientras que las situadas en Triana, hicieran lo propio en la iglesia de Santa Ana. Medida a pesar de la cual, el Vía Crucis a la Cruz del Campo se celebró hasta el año 1873, que dejó de hacerlo.
El Humilladero fue construido por la Cofradía de los Negros, actual Hermandad de los Negritos, en el año 1380. Otros datan está construcción en 1482, cuando el corregidor de Sevilla don Diego de Merlo cambió la cruz de madera por una de piedra y la cubrió con el templete mudéjar. La actual cruz de mármol blanco se atribuye a Juan Bautista Vázquez “el viejo”, tallada con las imágenes de Cristo y María en el año 1571. Su última restauración se produjo el 29 de febrero de 2008.
A día de hoy, el camino que durante siglos recorrieron algunas de nuestras hermandades ha quedado como el único Vía Crucis urbano del mundo. Cada estación que componía el Vía Crucis está marcada por un azulejo presidido por una imagen de la Semana Santa de Sevilla: Juicio de Jesús, es una cruz marmórea en la fachada de la Casa de Pilatos; con la cruz a cuestas, Nazareno de El Silencio; primera caída, las Penas de San Vicente; encuentro con María, Gran Poder; ayuda del Cirineo, las Penas de San Roque; encuentro con la Verónica, el Valle; segunda caída, la Candelaria; encuentro con las mujeres, los Gitanos; tercera caída, la Esperanza de Triana; despojado de las vestiduras, la Estrella; clavado en la cruz, la Exaltación; muerte de Jesús, el Cachorro; en brazos de María, el Baratillo; y Jesús es sepultado, Santa Marta.




