El día se está ahogando en la noche, cada minuto, la ciudad silencia el alborotado reguero de gente que ha bañado el centro de la ciudad durante todo el día. Es mitad de semana. La hora de olvidarse del trabajo, dejar la cartera y buscar una fuente de energía para alcanzar el óptimo de felicidad que tanto perseguimos. Es la incógnita de nuestra vida.
La calle Doña María Coronal es para muchos el camino de vuelta a casa para descansar. Para unos menos, es el camino para descansar del zozobrado mundo de nuestras vidas para llegar a una tímida fachada blanca, despejada de adornos, símbolo de humildad. Es el Convento de Santa Inés; un lugar sujeto a algo irracional.
Su patio es familiar. Aunque creas que es la primera vez que lo ves, la memoria te confunde y te atrae a una dimensión intemporal. Uno de los espacios más mágicos es la iglesia. Un primoroso lugar que cuando entras te atrapa para siempre como si cayeses en la cárcel de felicidad de esas hermanas de hábito marrón.
Suena el piano y empieza la misa. Los cantos de las hermanas congelan el alma. Y en un reducido espacio azulejado todos quedan evadidos de la realidad. Los minutos pasan como armoniosas notas de una melodía celestial, precisas, claras, pronunciadas. Se puede sentir a Dios muy cerca entre unas paredes encaladas y mezcladas con retablos neoclásicos y barrocos. No es casualidad que ellos alcancen esa sensación porque están compartiendo la eucaristía con las mujeres que más cerca de Dios a están cada hora.
En Santa Inés recibir la comunión es como recibirla por primera vez. Los feligreses que van allí saben mejor que nadie que Dios existe. No sólo porque ven la cara virginal de María en unas hermanas, sino porque al salir de ese convento el alma queda un estado de placidez incomparable.
El óptimo de felicidad, la incógnita de la vida es Dios Verdadero. Dios bajo la llave plateada del Sagrario. Y unas monjas cuya sonrisa es una belleza que conmueve el corazón. La magia de Santa Inés es un estado perpetuo porque perpetuo es el Señor y la fe de unas hermanas que viven bajo la gracia de María.





