Según la Iglesia, existen varias teorías que explican la vida e historia de San Valentín. Se cree que nació en el siglo II al norte de Roma. Se convirtió en sacerdote, llegando a ser Obispo.
Vivió la persecución a los cristianos en el Imperio Romano, en tiempos del emperador Claudio II, quién prohibió el matrimonio entre los cristianos, pues decía que los soldados sin familia combatían mejor o simplemente era para que los cristianos no «se multiplicasen».
Pero este sacerdote desobedeció y seguía casando, en la clandestinidad, a las jóvenes parejas; obsequiándolas con flores, como gesto de buena suerte. Pero el emperador se enteró y mandó capturarle. De este modo, fue encarcelado y ejecutado el 14 de febrero del año 269.
Así nace la leyenda del día del amor. Un día, que muchos celebran regalando, como San Valentín, flores, otros añaden bombones. Hay incluso, quienes suman un viaje. Otros, sólo argumentan que esta festividad la inventó la desaparecida cadena Galerías Preciados.
No obstante, es un día que siempre me ha invitado a la reflexión, ¿por qué regalar flores solo un día si a tu pareja les encantan? ¿Hay que hacer alarde del amor solo un día al año? ¿Por qué no sé hace alarde del amor en otros ámbitos de nuestra vida?
Mientras iba de camino del cole, mi cabeza, ella solita se ha puesto a dar vueltas. ¡Qué de amor tengo en mi vida! Y he sido consciente que los mayores amores que hay en ella ha sido legada por mis padres. Esos que, en su mayor prueba de amor, un día me sostuvieron en brazos y me acompañan siempre en mis caídas. Pero ya saben, cada uno desde un lugar. Mi madre apretando fuerte la mano para ayudarme a levantar y mi padre, mandando la fuerza necesaria al corazón para resistir las embestidas de la vida.
Gracias a ellos mantengo el amor a Cristo y a su Bendita Madre. Gracias a ellos conocí el verdadero amor en mis hermandades. El respeto y amor hacia mis iguales. El saber que todos pertenecemos a la misma familia bajo el amparo de nuestros Titulares.
Gracias a eso he podido ir tejiendo mi propia pequeña familia en mis hermandades. Una familia que, sin ser de sangre, conforma el corazón de ésta que os está escribiendo. Todos entenderéis de que os hablo.
Os hablo de la amistad. Porque sí, en las hermandades también es posible la amistad incondicional. Tengo amigas en el colectivo de las mantillas, en el de los costaleros, incluso entre quienes ya no salen. Y eso es lo verdaderamente bonito de todo esto, que nuestras «telarañas» son tan grandes que abarcan varias generaciones en una misma hermandad.
Tengo amigas que con solo mirarnos sabemos que pensamos. Que un cante alivia nuestras penas. Que una sobremesa tranquila, el Domingo de Pentecostés, augura la madrugá más bonita junto a Ella. Que el caminar en la arena junto a las chicas es el sueño cumplido, no solo el nuestro, sino de aquellos que nos precedieron. Sabemos que siempre hay que dar gracias al postrarnos ante Ella por seguir juntas.
Hoy es el día de los enamorados, sí. Pero del amor del bueno, de ese que intento inculcarle a mi hija. Porque, aunque últimamente no sé prodigue mucho, también hay de ese amor en las hermandades. Ese amor que cada día hace que sientas ese cosquilleo a la hora de llegarte a la casa hermandad, aun sabiendo que muchos faltan, pero que los puedes hallar en el corazón de los que allí están.





