Sendero de sueños | Otro eslabón para mis recuerdos de Miércoles Santo

A falta de la presencia del Señor Resucitado, se terminó esta semana tan, ¿por qué no decirlo?, amarga e infernal para los cofrades. Eso nos pasa, y digo lo que le escuché decir a un integrante de una banda: «por haber sacado hasta al sacristán de San Lorenzo en rogativa por el agua». De todas formas hay momentos que se quedarán grabados en el cofre de mis recuerdos. Cada Semana Santa es distinta, única, aunque cada año vuelva con la primavera.

Aunque este año he cenado todos los días en casa y he descansado más de la cuenta, he podido celebrar una semana plena con mi gente. He llorado de emoción, pero también de risa con las ocurrencias de mi hija, quien poco a poco, es más consciente de todo y dice cada cosa…

Me quedo con las prisas en casa. Como todos los años. Duchas, planchas de última hora. La comida y el café. – «¡Venga, que es la hora! Al servicio corriendo. Ponte los vaqueros y la camisa. Este año ponte camiseta interior que va a hacer frío». «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén». Mientras se reza el Padrenuestro, el Ave María y el Gloria, la túnica blanca cae sobre el pequeño cuerpecillo de aquella que en menos de un mes recibe a Jesús por primera vez. Lo hacemos, como cada año, delante del cuadro de Áquella que habita en las marismas de Huelva y es faro que nos guía también cada Miércoles Santo. Último retoque al cordón franciscano, y… ¡lista! Ahora, siéntate, «¡no te vayas a manchar!»

En otra habitación de mi casa se viste otro nazareno. Uno que vuelve a vestir el hábito tras años sin hacerlo. Serio afirma que va a llover, a lo que es respondido: – «No pasa nada, el año que viene volverá y estaremos aquí, haciendo lo mismo. «¡Siéntate también, te vayas a manchar!»

Entro en la soledad de mi habitación. Me miro al espejo, y en él veo reflejada a aquella niña que fui. Sin embargo, me doy cuenta de que hoy ya peino canas, mi cara tiene algunas arrugas y soy portadora del legado que en mí sembraron mis mayores. – «Raquel, te has hecho mayor»,me digo a mí misma. Y pido en silencio poder seguir vistiendo el hábito que en momentos me pondré, muchísimos años más. Me acerco hasta el armario donde tengo colgada la túnica. La observo detenidamente y mi corazón pega un salto. Un año más… «¡Gracias, Padre!» Resbala la túnica, (Padrenuestro…), «cada año pesa más», «más le pesó la cruz de nuestros pecados a Jesús y no defalleció…» Ajusto el cordón y salgo como una mujer nueva.

Este año cogemos coche con mantilla incluida. Risas en él, a pesar de la leve lluvia que empieza a caer para no poner nervioso al pequeño personal. Reparto de chuches al bajarnos y últimas instrucciones. Nuestra plaza se va mojando cada vez más y llenándose de cubrerrostros, túnicas y capas blancas. Entramos todos por esa puerta en la que tantas veces jugué y soñé con ser mayor. Veo a la que fue mi compañera tras Él durante muchos años. ¡Qué alegría! Mi hija va con su hija, con ella y Ana, ¡no podría dejarla en mejores manos! Sé que este año va a disfrutar y va a comenzar a hacer sus amigos de la Hermandad, pero reconozco que me da pena que no venga conmigo. No obstante, es ley de vida. Ella tiene que empezar a vivir la Hermandad como yo lo hice y, para ello, debo dejarla «volar». Aún así, los primeros momentos son con los niños. No se terminaba nunca la cola esperando para ponerle su esclavina. Paveras y auxiliares… ¡Os compadezco!, pero sé que lo disfrutáis.

Vino el momento triste, pero esperado, no podemos negarlo. ¡Coged vuestro cubrerrostros y para la Iglesia en sentido inverso al de salida! La cosa pintaba mal y, como adultos, teníamos que asumirlo. En un templo, blanco azahar, escuchamos las palabras que debíamos escuchar. Un Padrenuestro por los difuntos de la Hermandad y un Ave María por la Paz en Tierra Santa. Instrucciones por parte de la Junta: «los niños son los primeros en ir a ver a los Titulares». ¡Qué suerte que os mimen tanto! Sois el futuro y tenéis que tener claro que todo merece la pena porque vosotros nos empujais a ser mejores. ¡Vamos a ver los Titulares! ¡Ya nos toca! Centinelas de Paz y Humildad, sin moverse. Y mi compañera de Él, conmigo. ¡Qué privilegio ser tus hijas y poder seguir a tu lado!

Un último adiós y la lluvia iba apretando. El viento era insoportable. Los pies, matándome de estar de pie, pero no importa. «Ya estás mayor, Raquel… «, pienso para mis adentros. Pero voy completa. Repleta. Satisfecha de haber cumplido con Ellos. De haberle devuelto sólo un poquito de lo que Ellos me dan a diario.

Hoy, echada en mi cama, sólo me queda revivir los recuerdos de otro Miércoles Santo al lado de los míos y de Ellos. ¡Gracias, Padre! ¡Gracias, Madre! El año que viene, con más años y más canas, si así lo queréis, allí seguiré a vuestro lado, estéis donde estéis. Pero lo más importante, siempre agradeciendo de poder seguir estando con los míos, con los de la Tierra y con los que gozan de vuestra presencia, porque con ellos, también voy el Miércoles Santo.

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Ya escucho los primeros cohetes!