Son las siete y media de la tarde. La ciudad respira sola en la hora donde las barras de los bares empezaban a concentrarse con bullas. Hace frío. El cerrojo de las tabernas está cerrado. No hay murmullos por las calles ni conversaciones que daban vida después de un duro día de trabajo. Es como ver un jardín marchito que anhela una nueva primavera.
Un mal sueño que cada vez tiene más cuerpo de realidad se trasforma en una calle oscura que en otro tiempo estuvo llena de azahar. Barrio de los don Guidos de Sevilla que dejó atrás el trajín de los coches de caballos. Que mantiene la alegría en el alboroto de las niñas de las esclavas. La noche quiere apresurarse para seguir pasando las hojas del calendario. Pero una luz incita a pararse en el día y pensar que hay una salida en la noche.
En la Parroquia de San Vicente hay abrigos largos. Cordones morados. Mujeres con pieles y medallas de plata vieja. Huele a perfume de domingo. De repente un impulso te incita traspasar el dintel de piedra y tus ojos se dirigen velocísimamente a la derecha. Un bosque de cera ardiente se alza ante un majestuoso altar barroco. Subes la vista. A la derecha el discípulo amado que señala un suspiro sobrecogedor. María alza la mirada buscando los ojos de un Hijo que baja la suya para encontrarse en las pupilas de su Madre como si se buscase en azulejos la tarde del Lunes Santo.
El incienso vuelve a subir al cielo de Sevilla. Hay rostros que notan esa caricia olfativa. La liturgia avanza ganando palmos a corazones que quieren volverse tiernos. La presencia del Nazareno caído con la cruz a cuesta te abruma. “Me duelen, Señor, tus llagas y tus penas son mis penas”. Piensas que toda la belleza de los siglos se dirige a un motivo que está frente a ti. “¡Señor santo, Dios bueno y justiciero que mandas en los cielos y en la Tierra, ten compasión de mis culpas, ten piedad, tu misericordia venga!”.
Sigue sonando el órgano. El pulso se acelera. Brilla la plata sobre el carey. No existen toques de quedas cuando encuentras el camino al infinito donde “¡Oh Jesús, que, compasivo, en el monte del Calvario perdonaste!”. He visto impulsar tu mano para volver a levantarte. En esa peña oscura donde tus apostilladas rodillas descansan han empezado a brotar flores que no son del color de tu sangre. Noto en tu mirada un empuje a la esperanza.
En una fría noche de enero lo has vuelto a hacer. Has revivido como nunca la ilusión a una nueva cuaresma. En el ambiente se presume el olor a azahar. Ya no hay calles oscuras en la ciudad. San Vicente ha rajado los techos mudéjares para que un bosque de cera se alce al sevillano para proclamar que podremos sentarnos feliz y salvo a su diestra.
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