Verde Esperanza, 💙 Opinión

Sevilla se queda a la cola de la recuperación de la normalidad cofrade

De forma muy pausada y prudente las hermandades de nuestra geografía andaluza comienzan a retomar ligeramente el pulso de la normalidad, tras una época aciaga para todo lo que oliera a incienso, que ha venido teniendo que quedarse encerrado entre las paredes de los respectivos templos. Jerez o Arcos de la Frontera, Córdoba, Jaén, Málaga o Huelva, entre algunos otros, -unas más que otras, a decir verdad- ya han dado los primeros pasos para recuperar lo que por derecho nos pertenece, la libertad de culto también en público.

En cambio, Sevilla y sus hermandades, que históricamente se han situado a la vanguardia y han servido de referencia para tantísimas cosas, sigue enrocada en una actitud contemplativa, supeditada a lo dictaminado por la Archidiócesis sevillana, sigue esperando a no se sabe muy bien qué para dar los primeros pasos hacia la vuelta al culto externo. Ya ha habido pasos con costaleros y bandas en las calles, mientras que en Sevilla aún no se acierta a ver en el horizonte con claridad la primera imagen sagrada pisando sus calles sin tibieza alguna.

Lejos quedan los tiempos de Rodríguez Ojeda, de la Guardia Civil de Eritaña, de los grandes actos celebrados en la ciudad de la Giralda y, en resumen, de sus hermandades situándose a la vanguardia en muy diversos ámbitos, desde lo espiritual hasta lo artístico y, por qué no decirlo, lo social. Este último aspecto, la sociedad, es de lo poco que queda de vanguardista en la capital andaluza amén de la inmensa tradición que tienen los cofrades, que se va heredando de generación en generación, abrazándose a las más arraigadas costumbres y haciéndolas propias por inercia. Pero en este sentido, huelga decir que hay niños que apenas llegan a los dos años de vida, que no han vivido la presencia de una imagen sagrada en sus calles. No hay nada eterno, más aún si la actitud a seguir es letárgica. La tradición es importantísima, y en este aspecto Sevilla continúa siendo ejemplar y digno de alabar, pero confundirla con el inmovilismo como forma de vida resulta peligroso.

El inmovilismo y la confusión de la obediencia a la autoridad eclesiástica con la mansedumbre aborregada están llevando a la Sevilla cofrade a quedarse en el vagón de cola de un tren del que acostumbraba ser la locomotora. Es algo que se está poniendo de manifiesto por la desescalada cofrade con respecto a la época del confinamiento por la crisis pandémica, debido a la inactividad total y absoluta, que solo es comparable actualmente a la que aún sigue perdurando en Diócesis como la de Cádiz y Ceuta, Granada o Almería, pero que a juicio de quien les escribe, era algo que desde hacía tiempo era más que notorio.

De hecho, hace poco comentaba con uno de los redactores de este medio un artículo que escribía allá por el año 2015, titulado «Sevilla, dejaste de ser espejo donde mirarse«, en el que ya venía apuntando lo anteriormente comentado, con episodios bochornosos de elecciones, más propios de partidos políticos que de cofradías, y que por supuesto se han ido proliferando, los sucesos de sobra conocidos de la mediática Madrugá, y en definitiva, el ombliguismo exacerbado que impide dirigir la mirada a otros puntos de la geografía para aprender de ellos. Todo ello, unido al fenómeno de la globalización, ha terminado desembocando en la desaparición de referentes universales a los que seguir a pies juntillas, tal y como sucedía con la Semana Santa hispalense. Por apuntar un momento concreto que bien pudo ser un punto de inflexión para cambiar las tornas y llegar a la situación en la que nos encontramos ahora, bien podría ser el Vía-Crucis Magno celebrado en Córdoba en 2013, que sirvió para descubrir, a nivel universal, las riquezas de una Semana Santa maravillosa sin nada que envidiar a ninguna otra, así como a consolidar a formaciones musicales de primerísimo nivel de otros puntos de la geografía distintos a los habituales, que brillaron con luz propia y cautivaron al espectador por encima de alguna otra más acostumbrada a hacerlo.

Así, al titular anteriormente mencionado de aquel artículo de hace más de seis años, ahora hay que añadir que, además de dejar de ser un modelo a seguir, la Semana Santa de Sevilla se está quedando a la cola en muchas cosas. Podríamos hablar de arte sacro en cualquiera de sus disciplinas, valentía a la hora de defender lo que es nuestro, bandas, organización de actos litúrgicos y también culturales, obra social… y, por supuesto, el retorno de la normalidad de las cofradías en la calle, algo que resulta especialmente llamativo. Más aún cuando, a la vista de pequeños movimientos en hermandades de la provincia en este sentido, hay quienes saltan a señalar con el dedo y poner el grito en el cielo, como si se estuviese perpetrando un crimen. Algo que según apuntan ciertos medios, no ha sentado nada bien a las autoridades eclesiásticas correspondientes.

Deberían de hacérselo mirar en el Palacio Arzobispal, donde parece no entenderse la profunda raigambre de la ciudad sevillana a su Semana Santa, sus imágenes en la calle, su fe en público. También en el seno de las propias cofradías, capitaneadas por el Consejo Local de Hermandades de la ciudad, cuyo sospechoso silencio escurridizo y su continua postura de perfil, cuando no de reverencia a las autoridades eclesiásticas, resulta ciertamente desalentadora. Resulta tremendamente complicado explicar la ciudad de Sevilla sin sus hermandades, que han servido de modelo, en tiempos pretéritos, a seguir para el resto del universo cofrade. Eran otros tiempos. Entonces, se necesitaba dirigir la mirada a la capital para saber qué y como hacer cualquier cosa relacionada con una cofradía. Ahora hay muchos otros referentes, y gran parte de ellos deberían servir, especialmente en este asunto, de ejemplo para Sevilla, donde muchos cofrades de a pie, de los que sí han entendido el fenómeno de la globalización, claman con las manos en la cabeza contra el inmovilismo de su ciudad, las autoridades eclesiásticas y, por qué no decirlo, de las juntas de gobierno que comandan sus hermandades y del Consejo Local, que tampoco puede irse de rositas. Organismos, todos ellos, que permanecen aparente y extrañamente cómodas con la situación de encierro que se remonta a marzo de 2020, en contraposición a lo que sucede en otros puntos de nuestra tierra. Sevilla no se entiende sin sus hermandades, pero las hermandades, y ahora hablo de Andalucía en general, se entiende más que nunca sin el referente histórico y único de la ciudad de la Giralda.

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