Sin solución de continuidad

Un año más, otro más sin nuestra querida Semana de Pasión cuyo último recuerdo se funde en la memoria colectiva de los cofrades enraizados en un sufrimiento ya normalizado. Difíciles son estas decisiones que algunos deben de tomar acerca de una de las fiestas de más arraigo popular. Sin solución de continuidad, nos acercamos a otra edición de la Semana más grande, no solo para el cofrade, sino para el cristiano de a pie también, que volverá a dejarnos sin estaciones de penitencia en las calles y sin el gentío propio de esta época del año.

Venimos de una situación escabrosa en la que la suspensión de la Semana Santa y el modus operandi empleado por algunas instituciones han hecho mella en el parecer general del pueblo cofrade sobre el contexto en que estas decisiones han sido tomadas. Muchos defienden la idea que respalda a los consejos y agrupaciones de Cofradías como máximos acreedores para hacer valer su poder en esta decisión de prohibir el culto externo en Semana Santa, que es bien salida de las manos de quien verdaderamente tiene el derecho para suspender una fiesta que es, algo que se nos olvida, profundamente cristiana. Ni el presidente de la Agrupación, ni el alcalde de la ciudad o pueblo, ni el capataz, ni el último nazareno del último tramo tienen el poder de suspender las salidas procesionales, causas meteorológicas aparte, ni de hacer valer su influencia y participación en actos cofrades para creerse con derecho a suspender nada. Sé que de mucha gente se ha escudado la típica frase de «es que si no hubiera gente que saliera de nazareno no habría Semana Santa» o «¿qué sería de la Semana Santa sin el cofrade que pierde un minuto de su tiempo en montar un paso o trono?» y lo entiendo, pero esto hay que verlo como una visión de conjunto, con el objetivo de entender que las Cofradías son Iglesia y que sin Iglesia no existirían las Cofradías. No entiendo a las personas cuya vida se basa en sacar un paso a la calle por lo civil o lo criminal, gente que busca con ahínco la más mínima posibilidad de poner un cortejo en la calle aunque sea durante media hora. Llevar a cabo esto también es una forma de denigrar la función pública de fe, y me refiero a llevarla a cabo sin preparación espiritual alguna y con el objetivo de contentar a quienes profesan la «religiosidad» del izquierdo y el costero.

No va a haber salidas procesionales, probablemente en ningún lugar de nuestra tierra. Solo nos queda volver a vivir una Cuaresma y Semana Santa de actos o eventos simbólicos, si puede haberlos, y de recogimiento espiritual. No inventen sucedáneos raros ni conspiraciones para satisfacer la «necesidad básica» de algunos del folklore sin sentido.