Me sorprendí el otro día cuando me enteré de que la tradicional novena a la Virgen del Tránsito del Pozo Santo se había reducido a un triduo. Después del 15 de agosto, quedaba la octava de Nuestra Señora de los Reyes así como estos actos en honor a la Virgen dormida en la céntrica plaza, próxima a la iglesia de la Misericordia. Según me cuentan, la idea partió de las hermanas franciscanas, quienes directamente pidieron a la hermandad del Sol, corporación que colabora en el montaje de la escena que se levanta a mediados de agosto, entre otros quehaceres, que se redujeran los cultos a tres días. Por tanto, el 18 fue el último día del recién estrenado triduo, que fue ofrecido por las víctimas del atentado de Barcelona.
Lo que la tradición conforma también puede cambiar con el paso del tiempo, aunque nos encontremos en una tesitura donde el inmovilismo parece ser la constante de cada día. Este hecho me recuerda a los anuales quinarios, septenarios, etc… que se celebran en cuaresma y que me lleva a preguntar: ¿Por qué hay hermandades empecinadas en continuar con estos cultos cuando en ocasiones las personas que se encuentran en el interior no llegan a la docena? ¿No sería mejor reducirlos? Acudimos durante los primeros meses del año ante altares efímeros levantados por priostías con un gusto que no veíamos desde hace años, incluso décadas. Sin embargo, estas empresas momentáneas solo sirven para ser fotografiadas y pasadas a través de whatsapp y rr. ss. Porque cuando llega el momento de la celebración, pocos son los que acuden.
La hermandad del Gran Poder redujo sus cultos a principios de los 70, aunque en esta ocasión no fue por la afluencia de público sino por el llamado aggiornamento eclesiástico producido después del concilio Vaticano II ― y que también afectó a la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso ―. Sea como fuere, el caso es que los templos no han estado tan vacíos como ahora en lo que a cultos se refiere, al menos que yo recuerde. Y lo que es más importante aún, de nada sirven los portentosos escenarios barrocos si la Palabra no llega a tocar el corazón de asistente.
Aquellos tiempos postconciliares trajeron nuevas modas que se impusieron y que hoy serían prácticamente rechazadas por el cofrade “de toda la vida” ― nacido ayer ―, contrario a todo lo que sean los cambios. Mientras tanto, este espectro de la población cofradiera, que en su mayoría no ha acudido nunca a un culto de estas características, seguirá negándose a todo lo que sean transformaciones. Tampoco lo harán las hermandades, pues una reducción sería vista como una pérdida de status social dentro de este universo, tan dado a la impostura.
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