Suspira el ángel que todo lo sabe, sobrevolando sobre las nubes de incienso que se elevan al cielo de los barrios de Córdoba, observando divertido como hay dirigentes que se comen sus propias palabras por falta de arrestos para materializar lo que creen mejor para sus cofradías. Suspira porque se vuelve a constatar que una vara dorada no otorga valentía a quien la ostenta, cuando se desdice de lo pregonado por miedo y poca personalidad.
Suspira asombrado porque hay quien sigue acaparando llamadores como si del anillo de Frodo se tratase mientras piensa, errado, que el respeto se gana por la cantidad y no por ser consecuente con lo que se dice y se hace, como antaño, y mucho menos coleccionando cadáveres de antiguos amigos en las cunetas.
Suspira desconcertado, a orillas del barrio del patrón del país que se derrumba, no tanto por los dos que se postulan como por quien ha empezado a mover hilos para que ninguno de ellos pueda gobernar, buscando un nombramiento palaciego que se salte la democracia y entregue un poder que no merece a quien no lo merece… Y mientras, una banda entregando presupuestos y otra observando desde la distancia.





