Verde Esperanza, 💙 Opinión

Te esperaría toda una vida porque mi vida eres tú

Nunca imaginé tener que escribir un artículo en estas circunstancias, con la certeza de que, a falta de tres semanas, no habrá Cofradías por las calles de nuestra tierra. Tampoco suelo escribir, como me sucede ahora, sin tener ni la más remota idea de en qué va a terminar un artículo. Solo sé, y ruego disculpen el egoísmo, que algo se está quebrando poco a poco dentro de mí y necesito expresarlo con palabras ahora que está uno en la intimidad de su hogar por exigencias del virulento guión.

Pasamos de la normalidad casi absoluta a la posterior preocupación e incertidumbre para desembocar en una situación que no se ha vivido jamás en la época contemporánea, en la que, entre otras muchas cosas y más importantes, se cancelan las salidas procesionales casi de la noche a la mañana. Más allá de la lógica preocupación por la situación social y sanitaria, con respecto a la no salida de las Cofradías a la calle no existe enfado, sino impotencia y una enorme tristeza que no sé cuándo va a dejar de crecer. Porque como decía antes, uno es egoísta, y nos han arrebatado de las manos un trocito de nuestra vida.

Ya me sucedió algo similar en el año 2012, cuando por motivos que no vienen al caso, la Semana Santa de mi ciudad estuvo a punto de no tener salidas procesionales. Sentí incredulidad en un primer instante, y llegó un momento en el que, simplemente, exploté en llanto y rabia, aunque finalmente todo se arregló en el último momento. Por aquel entonces, escribí unas líneas que, afortunadamente, jamás llegaron a ver la luz y que, casualidades de la vida, vuelven a estar de rigurosa y triste actualidad:

Te estuvimos buscando por cada esquina de nuestras calles, en cada vía-crucis, exaltación, triduo o en un día cualquiera, en la intimidad de tu templo. Te buscamos en tus altares, cruzando tu mirada con la nuestra, emplazándonos a poder vernos muy pronto en las calles, durante siete días, los más bonitos del año. Te buscamos en el azahar que ya comenzaba a florecer, en tus barrios, entre tus cirios, entre tu gente, como siempre. La cuaresma comenzaba diciendo que sí, que este año venías, que este año nos íbamos a quitar la espinita que quedó clavada el año pasado en el corazón. Luego se arrepintió y nos dio un golpe de realidad.

Le reconozco que hace un par de noches he soñado que todo volvía a solucionarse a última hora, fruto de la inconsciencia, la esperanza y la resistencia a la resignación. Sé que eso, directamente, es imposible. Por ello, volveré a buscarte en cada rincón, en el silencio nocturno entre ruán y esparto o el jolgorio de una Hermandad de barrio. Ahora vuelvo a no terminar de creerme que el Domingo de Ramos las calles estén vacías, y que los capirotes no contrasten con el azul del cielo o el azabache de la noche. No me lo creeré del todo hasta que cada día de la Semana Santa tenga que conformarme con la nostalgia de cerrar los ojos y recordar estampas del océano del pasado, hasta que cada barrio no brille con la luz especial de su Cofradía. No me lo querré creer hasta que el Viernes Santo lleguen las 4 y media de la tarde y no pueda enfilar el camino hacia las puertas de la gloria tras el oportuno «ten cuidaito» de mi madre, ni enfajarme y ponerme el costal, ni tenga los abrazos del antes y del después con mis compañeros de cuadrilla, ni sienta el peso de Dios sobre los hombros chicotá tras chicotá hasta devolver al Señor a su hogar y todo volviera a terminar. No me lo quiero creer todavía, pero sé que este año te has marchado sin ni siquiera haber llegado, sin que hayamos podido ni rozar la gloria con la yema de los dedos, como sucede en otras ocasiones.

Nuestra tierra quedará huérfana del latir de una corneta, del redoblar de un tambor, del golpe seco de un llamador, del implacable sonido de los kilos cayendo sobre la cerviz costalera en una levantá al mismo cielo, del poético y misterioso tesoro que es un paso de palio y sus bambalinas coqueteando con la plata del varal mientras irradian de luz el callejón más oscuro y discreto de la ciudad, del racheo de las zapatillas de esparto en una Hermandad de silencio o de la explosión de júbilo en cualquier rincón que supone Pasan los Campanilleros tras la Madre de Dios. Pero la fe, querido amigo… la fe es invencible y nunca perece.

Es por eso, querida Semana Santa, que te esperaría toda una vida si fuera necesario y tuviera la garantía de que lo último que ven mis ojos es la imagen que más nostalgia produce en mi ser, un paso de palio alejándose en la penumbra de una calle oscura; si supiera que lo último que llega a mi olfato es la primera nubecilla de incienso que me afano por oler cada Domingo de Ramos; si tuviera la certeza de que el último tacto que siento es el de la trabajadera sobre mi costal o la suave caricia al faldón del palio de mis amores, si supiera con seguridad que el último sonido que se planta en mi oído es el trío musical de la marcha Mi Amargura; si el último sabor fuera el del suspiro de la satisfacción inmediata tras una buena estación de penitencia…

Te esperaría toda una vida porque, bien lo sabes, mi vida eres tú. Así que precisamente por eso… ¿qué son 377 días? No es más que un suspiro de un año de esos en los que San Pedro se olvida de cerrar el grifo desde arriba. Es una oportunidad para valorar aquello que no sabemos apreciar hasta que lo perdemos, y para volver más fuertes y más unidos. Te esperaremos otro año, y los que hicieren falta, como no podía ser de otra manera. Tendremos que aprender a vivir sin ti durante otros interminables meses, aunque volveremos a salir a buscarte cada día en nuestros corazones, en cada esquina y cada rincón de tus calles y templos.

Quizá hoy aún te llore cada rincón de Andalucía y de España, pero mañana… no te quepa duda, volveremos a esperarte el tiempo que sea necesario. De hecho ya te estamos esperando, mi querida Semana Santa, incluso sin darnos cuenta. Será en el ruido de la rutina diaria o en el silencio de la noche, pero no dejaremos de hacerlo. Porque eres y serás parte de nuestras raíces más profundas. Eres el latido que da vida a nuestro ahora maltrecho corazón, que aunque se ha quedado vacío y dolorido, bastará una mirada tuya, Padre, o tuya, Madre, para que vuelva a rebosar ilusión.

Este duro revés será el germen de una semilla que tardará más de un año en florecer. Por ello, su crecimiento habrá de ser como una buena levantá a pulso, muy lenta, de las que duelen y hacen temblar las piernas, sin que se note y echando más casta que nunca ante este desafío que Dios nos ha brindado. Pero esa semilla florecerá en blanco azahar, y ocupará, dentro de un año, un lugar de privilegio en el vergel del paso de palio de nuestros amores, a los pies de nuestra Bendita Madre, en la ansiada Semana Santa de 2021. Cada flor será el fruto de la penitencia que nos ha tocado sobrellevar.

Bendita locura.

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