Tiempo de Vía Crucis

Han regresado. Sí, fueron los últimos actos a los que pudimos acudir en aquella Cuaresma sombría de hace dos años, antes de claudicar en el abismo que nos sumergió en un sueño profundo del que parecíamos no despertar.

Los Vía Crucis retornan a nuestra vida como preludio de la llegada del tiempo preparatorio para la Conmemoración de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Aquel camino que aún se conserva en la ciudad santa de Jerusalén se sucede en cada rincón de nuestra tierra como si de estrellas en el firmamento, un acto que conlleva un marcado carácter íntimo y que precede al éxtasis del Domingo de Ramos, cuando la primera procesión hace acto de presencia ante miles de personas.

Son bellos instantes de índole especial que se manifiestan en el destacado componente que imprime la cercanía de las Imágenes devocionales respecto al público, las cuales cada equinoccio bajan de sus altares para reencontrarse con el fiel con el objeto de saciar su insaciable falta de Dios.

Por ello, el Vía Crucis debe de ser en silencio, debe contribuir al proceso de comunión con Jesucristo en el momento más difícil de su vida. Es preciso favorecer este intercambio de miradas al que el cofrade acostumbra y buscar el verdadero sentido de la religiosidad popular. Es un momento de reencuentro interior en los instantes previos al estruendo de las cornetas y al fragor de los tambores que anunciarán el júbilo y la alegría de una nueva primavera. Pero ahora silencio, Jesús está en la calle.