Transparencia

Hay que viajar hasta 1869, un año después de inicio del Sexenio Democrático para encontrar la primera subvención municipal. Desde aquel año, en el que salieron 16 hermandades —más que en todo el siglo XIX— ha pasado más de centuria y media y, aunque el pasado curso el Consejo fue más claro a la hora de reflejar las cuentas, todavía queda un arduo camino por recorrer.

En lo que respecta al pasado siglo XX se conoce que en 1911 las ganancias rondaron las veinte mil pesetas, a distribuir entre todas las corporaciones. El Amor, por ejemplo, cobró una cantidad superior, en este caso 775 pesetas, mientas que la Exaltación recibió solo cuatrocientas. Aunque son escasos datos, sirven al menos para hacerse una idea de cómo era la carrera oficial por aquel entonces.

Hoy, bastantes más variables componen un recorrido que poco tiene que ver con el de principios del pasado siglo. Y es que diversos factores como el turismo o la seguridad han conformado sobre la misma área un mapa distinto. Y aunque el Consejo hace oficial datos relativos a los miles de euros recaudados, así como su distribución en las hermandades, no es suficiente si nos atenemos a la transparencia que requerirían este tipo de eventos, más si cabe con relación a la Semana Santa, la fiesta por excelencia de la ciudad.

No refiero aquí la persecución de las reventas que año tras año se convierte en un tema coyuntural de la Semana Santa sino la cuestión en sí de ofrecer más transparencia con relación a la venta de sillas de la carrera oficial, como un desglose de la cantidad a percibir por zonas. ¿Cómo se lleva a cabo el concurso de sillas para empresas? ¿Quién está exento de pagar para poder acceder? Dado que es una subvención, ¿se encuentra regulada mediante la Ley General de Subvenciones y el Reglamento Local de subvenciones? Si no es así, ¿por qué?

Pero esta transparencia tampoco está presente en las hermandades. La opacidad no solamente ante el exterior sino ante los hermanos está a años luz de que se parezca a un organismo o colectivo del siglo XXI. Si desde las propias corporaciones no existe una transparencia tal, ¿cómo imponérsela al Consejo?