Un firme legado

Las Vivencias cofrades no son un compartimento estanco de cada persona, junto a las de los demás implicados, en cada una de las partes y cometidos de este mundo tan particular, forman un legado que ineludiblemente debemos transmitir a las generaciones futuras; esto debe ser así pues al mismo tiempo somos depositarios de una historia secular que nos ha llegado gracias al amor, el trabajo, la constancia, y la fe de quienes nos precedieron.

¿Pero qué es lo que debemos transmitir, lo verdaderamente identificativo, y que no debe perderse pues estaríamos falsificando ese legado tan importante? La respuesta sólo puede ser una; nuestra forma de vivir la Fe, es decir la religión popular como forma de expresión de un pueblo que reza a su Dios.

¿Está amenazada esa forma de fe? Claro que sí, y por muy distintos y diferentes peligros. Una sociedad a la que desagrada el evangelio cristiano, y que en muchos de sus estamentos de poder y privilegio proclama que la religión sólo debe ser una cuestión personal es antagónica con las estaciones de penitencia, que son procesiones públicas. La misma naturaleza de ese poder que aspira a ser global abomina de signos de identidad fuertemente comunitarios, ¿hay algo más antagónico hacia los férreos lazos de vida comunitarios que nacen y se establecen en una hermandad y cofradía? ¿Ese poder que quiere individuos desarraigados de su familia, de su comunidad, de su historia, podría soportar una realidad como la del cofrade que es el reverso de lo que predica a través de todos los canales culturales y de información?

Se puede pensar que esos peligros son mínimos ante realidades que vivimos esplendorosas, o al menos eso parece. No en vano el mundo cofrade ha sobrevivido y ha triunfado sobre calamitosos mitos e imposturas; ya nadie puede cuestionar que la fuerza de la Semana Santa entre los elementos populares de nuestra sociedad ha sido un pilar para que ésta se mantenga, y su carácter transversal que nadie puede serenamente discutirle ha triunfado sobre conflictos de clase; pocas cosas tan definitorias en nuestro imaginario colectivo como la trabajadera (o palo) correspondiente de la estructura del paso; sin olvidar a esos primeros costaleros trabajadores del puerto de Sevilla. Y es en las barriadas humildes de las capitales andaluzas, aquellas casas de vecinos, hogares de un cuarto, y padres de familia que sólo tenían la seguridad de llevar a casa el jornal del día, donde muchas de las devociones más icónicas de hoy ven la luz. El ser humano y la confianza en su Señor, provisto para entablar un dialogo cálido con la deidad lleno de barroquismo, de pasión, de cante, también de tremendismo, y de arte, un grito que es de muchos y por eso es el del pueblo de Dios. Sin embargo, hoy ese grito parece menguar, o al menos parece oírse menos incluso en nuestras propias corporaciones; no son pocos los “viejos”, los ancianos de nuestra tribu, que ponderan los logros actuales de la organización de nuestra Semana de Pasión, y que al mismo tiempo denuncian que algo importante se está dejando de lado; ¿puede ser una palabra tan bonita como fervor?

Sí, ese celo sobre las cosas de nuestra religión que parecen perderse; cultos casi todos desiertos, ¿Sirven de lago las nuevas canastillas, los mejorados respiraderos, la depurada técnica al andar del palio, el inconmensurable marco de la carrera oficial, el récord del número de nazarenos, si no se sabe cuál es la esencia de todo éllo , si no tiene un significado trascendente?

Es difícil luchar contra el entorno social; somos hijos de una era irreligiosa en la que además hay por parte de esos poderes, que mencionábamos antes, una ingente productividad de mensajes contra nuestra forma de ver la existencia, por parte creo que de una parte sustancial del mundo de las cofradías; visto así, no es extraño que la Semana Santa sea atacada; no sólo la ataca el sectario, ataviado con la camiseta del Ché, sino y más angustiosamente quien quiere hacer de ella un reclamo en forma de producto turístico o televisivo, igualmente por quienes sólo ven una faceta folclórica y colorista sin ligazón con La Iglesia. El fenómeno, que tristemente parece consolidado, de las llamadas cofradías piratas es paradigmático, asociaciones reconocidas por el poder civil sacan procesiones a las calles, con imágenes carentes de tan siquiera una bendición.

Por lo tanto, nuestro legado debe ser firme y nuestro éxito como cofrades creo que se medirá en ese aspecto y no otros. La capacidad que tengamos de vivir como hijos del Dios de nuestros padres y hacer que nuestros hijos alcen su mirada hacia Él nos definirá; en un mundo cada día más uniforme, mientras que paradójicamente se proclama por la diversidad, donde se comen hamburguesas de la misma marca en Córdoba que en Toronto o Tallin, en el que viste la misma ropa un súbdito de su poca graciosa majestad o un nativo de las Molucas, y ve la mismas series, en la misma plataforma, un ciudadano de Buenos Aires o Nueva Delhi.