La Hermandad de la Amargura de Dos Hermanas ha presentado el cartel conmemorativo de su 75 aniversario fundacional, una obra realizada por Juan Miguel Martín Mena en junio de 2026 y concebida como una profunda evocación de la memoria colectiva, de las generaciones que han dado forma a la corporación y de la herencia que habrán de recibir quienes continúen escribiendo su historia. Ejecutado sobre papel de algodón encolado a tabla y con unas dimensiones de 100 por 70 centímetros, el trabajo ha sido elaborado mediante una cuidada técnica mixta que combina collage, transfer, acuarela, acrílico, grafito y bolígrafo.
Una obra nacida desde la mirada de los hermanos
El propio Juan Miguel Martín Mena ha explicado que no ha querido representar aquello que se contempla al mirar a la Hermandad, sino pintar el alma de quienes la miran. Una mirada dirigida a los hermanos actuales, a quienes formaron parte de ella en el pasado y a quienes habrán de hacerlo cuando este setenta y cinco aniversario quede atrás y dé paso a nuevas efemérides, ya sean los cien, los ciento cincuenta o los doscientos años de existencia de la corporación.
El artista ha señalado que setenta y cinco años no constituyen únicamente una cifra, sino una vida y, al mismo tiempo, muchas vidas. Personas, recuerdos e historias que hacen posible el presente y que conforman un patrimonio humano construido a través del tiempo.
Los símbolos y los pequeños detalles que despiertan el sentimiento de pertenencia
Según ha explicado el autor, el cartel habla de los símbolos, de los colores y de aquellos pequeños detalles que hacen que un hermano sienta que pertenece a la corporación. En la composición aparecen representados los claveles rojos que cada Viernes Santo rebosan de su paso, así como esa gota de sangre transformada en una rosa blanca que florece en la mano de Cristo.
Del mismo modo, la obra evoca la austeridad de un rosario de madera y las violetas de aquella Santa que entregó todo por amor a la Cruz, integrando un conjunto de referencias que forman parte de la identidad y de la espiritualidad de la hermandad.
Una historia que comenzó antes y que continuará después
Juan Miguel Martín Mena ha afirmado que ninguna historia comienza con quienes la viven en el presente y que todos son herederos de algo que otros soñaron antes. En ese sentido, considera que toda hermandad es una obra inacabada que cada generación recibe y continúa.
Quizá por ello, según ha señalado el propio artista, el cartel tampoco se encuentra completamente terminado. Existen zonas que permanecen en blanco, abiertas y respirando, porque todavía queda mucho por escribir, mucho por vivir y mucho por soñar.
La memoria, añade, posee forma de papel, de fotografías y de nombres y apellidos escritos a mano. Existen huellas que permanecen incluso cuando ya no es posible contemplar a quienes las dejaron.
Historias, anécdotas y nombres grabados en los cimientos de la corporación
El autor ha explicado que bajo cada una de las capas de la obra se esconde una historia y una anécdota. Bajo ellas, además, permanece un rostro y un nombre escrito a fuego en los pilares de esta casa.
Entre esos nombres, ha querido evocar los de Caro Arias y Ruiz Mantero, entre tantos otros que, soñando una y otra vez, fueron construyendo la hermandad que hoy conocen sus hermanos.
La obra se convierte así en un homenaje a quienes levantaron la corporación y en un reconocimiento a todas las generaciones que, con sus esfuerzos y sus anhelos, hicieron posible su crecimiento.
Setenta y cinco espinas para representar setenta y cinco años de sacrificio y fidelidad
Juan Miguel Martín Mena ha indicado que cuando quienes contemplen la obra lleguen a casa y amplíen la fotografía del cartel en sus teléfonos móviles podrán entretenerse contando las espinas de la corona. Sin embargo, el propio artista ha desvelado el secreto: existen exactamente setenta y cinco espinas.
Cada una de ellas representa un año y una historia. El autor ha explicado que los aniversarios de una hermandad también se miden a través de los sacrificios, de los esfuerzos y de las fidelidades que duelen en el alma.
Esas setenta y cinco espinas, ha añadido, abrazan una historia heredada y destinada a ser transmitida a quienes llegarán después, incorporando las nuevas espinas que corresponderán a las generaciones presentes. Porque, según sus palabras, quienes viven hoy la corporación son el presente de aquellos que los soñaron y también serán el pasado de quienes habrán de sucederlos.
Una composición construida capa sobre capa, igual que una hermandad
El artista ha revelado que ha trabajado esta creación de la misma manera en que se construye una hermandad: capa sobre capa, huella sobre huella y generación tras generación. Papel sobre papel y pincelada tras pincelada.
Cada fragmento de papel ha sido recortado a mano, uno a uno, buscando su forma exacta para encajar con la pieza siguiente, como las piezas de un puzle. Del mismo modo, una hermandad se edifica con vidas que, generación tras generación, encuentran su lugar dentro de una misma historia compartida.
Por ello, Juan Miguel Martín Mena concluye que una hermandad no se hereda simplemente. Una hermandad se recibe, se cuida y, finalmente, se entrega, perpetuando así una cadena de fe, memoria y sentimiento que une a quienes estuvieron, a quienes están y a quienes todavía están por llegar.





