Un León y unos pastores que no quieren oler a oveja ni a cofrade

Me considero un cofrade católico por plena convicción. De hecho, estoy convencido de que ser cofrade solo tiene sentido si se es, ante todo, católico. Igualmente, acepto la jerarquía que tiene la Iglesia, respetando la figura de los directores espirituales y demás cargos hasta llegar a la cúspide de la pirámide, la del Papa.

Sin embargo, llevo un tiempo observando con enorme desazón ese continuo menosprecio que se tiene hacia los cofrades desde un sector de la curia demasiado grande como para no darle la importancia que tiene. Un perfecto ejemplo de ello lo hemos tenido con el Jubileo de las Hermandades en Roma, y la gran procesión del pasado sábado 15 de mayo, en la que la ausencia del recién nombrado Papa León XIV ha sido tan esclarecedora como desalentadora para quienes abrazamos la fe a través de la religiosidad popular que son las cofradías. Lo mismo sucede con la presencia del Cristo de la Expiración o la Virgen de la Esperanza en la Basílica de San Pedro en los días previos. El nuevo Papa no se ha acercado por allí. Su ausencia invita a preguntarse: si él no se acerca a nosotros, ¿por qué deberíamos nosotros acercarnos a él?” Tampoco estas veneradas imágenes han presidido la Eucaristía de inicio del pontificado del Papa León XIV. En este sentido, comparto en gran medida la opinión de Guillermo Rodríguez en este medio, por lo que no profundizaré en redundancias con él.

Al final, tristemente habrá que darles su cuota de razón a quienes sostienen que este histórico acontecimiento ha tenido mas de cultural y de turístico que de religioso, y la ausencia de la máxima autoridad cristiana en la tierra es uno de las principales responsables. La estampa del Cachorro o la Esperanza con el Coliseo u otros enclaves de la legendaria Roma será eterna, pero también la escasez de público en este y otros puntos. Siendo lo segundo más importante que lo primero, digo yo. También es particularmente llamativa su no transitar por las la Basílica de San Pedro del Vaticano, como sí sucediera con la Virgen del Mayor Dolor de Granada en el año 2000.

Una procesión sin que se aproveche al máximo para echar las redes a quienes necesitan que la Iglesia salga en su busca… no cumple su objetivo principal y primordial. Y el nuevo Papa no ha sabido o querido verlo, no ha puesto de su parte para ser pescador de hombres como San Pedro, con el inmenso poder que habría tenido el más sencillo y pequeño gesto por su parte. Ni estuvo ni se le esperó, que es algo más triste si cabe. Como si fuera un movimiento, el cofrade, de segunda o motivo de vergüenza.

Los cofrades no somos cristianos de segunda, aunque a algunos les cueste aceptarlo. Ni el alzacuellos ni la tiara papal deberían ser excusa para menospreciar un movimiento que no es menos, en ningún caso, que el Opus Dei, el movimiento neocatecumenal o el cacareado movimiento Hakuna. Y por eso mismo, esperamos pastores que nos reconozcan, nos escuchen, nos guíen… y huelan a nosotros. Porque, al fin y al cabo, somos y queremos ser parte indispensable del rebaño. Pero ya está bien de que nos hagan sentir menos que otros, cuando en nuestra tierra somos el único movimiento católico que mueve masas y es capaz de llenar templos en cualquier localidad, por pequeña que sea.Por no mencionar la incuestionable labor social y todo lo que se aporta a cualquier localidad de nuestra geografía en materia de cultura, patrimonio… y, por qué no decirlo, mantenimiento y preservación de templos que, sin los cofrades, estarían cerrados o derruidos. En gran medida, las hermandades son la principal -o la única- puerta de acceso a la Iglesia en el sur. Sin embargo, lejos de enfocarlo la Iglesia como una excelente oportunidad para evangelizar, se nos sigue mirando con lupa, poniendo trabas hasta el absurdo o, directamente, menospreciándonos y señalándonos con el dedo acusador en el momento en el que el sacerdote o autoridad eclesiástica de turno lo considera oportuno, fruto de ese recelo sistémico con el que se nos concibe.

No seré yo quien defienda al cofrade tipo que tenemos en nuestras hermandades, lleno de podredumbre, errores y egocentrismo, y quien desee revisar el histórico de esta columna de opinión, podrá revisarlo. Cada vez tenemos más costaleros y músicos, pero cada vez hay católicos en las cofradías. No obstante, no deja de ser cierto que es, precisamente, la figura del director espiritual, la que debe reconducirnos desde la compañía y la corrección fraterna este tipo de actitudes, predicando, en primer lugar, con el ejemplo, y actuando como pastor de un rebaño que cada vez se encuentra más desorientado, desanimado, disperso y abandonado a su suerte.

Reconozco que a mí el Papa Francisco sí me llenaba. Buena muestra de ello es que parece que él sí tenía pensado acercarse al Cachorro y la Esperanza. Sus gestos, sus palabras, acercaban a los fieles de a pie hasta la figura del Papa, quizá hasta en mayor medida de la cercanía que podían sentir con el sacerdote de su propio barrio. Y eso es un grandísimo problema en toda esa jerarquía eclesial de la que hablaba antes que, o bien no se ve, o bien no se quiere ver.

El resultado este problema creo que es bastante palpable en las iglesias de nuestro país. Por eso, cuando viene un presbítero externo a Andalucía a nuestra tierra, por regla general se queda maravillado del movimiento cofrade. Porque están acostumbrados a tener sus parroquias con tres, diez o veinte personas, mayores todos, con lo preocupante que es eso para un futuro en el que se vislumbran templos vacíos. O los sacerdotes del sur no son conscientes de la situación general de la Iglesia, o es que, verdaderamente, quieren que nuestros templos terminen así. Con un público más «selecto» y reducido, que, en muchos casos, únicamente lo es cuando está entre las cuatro paredes de los mismos, y cuando sale… sus acciones se alejan radicalmente de lo que han oído con aparente actitud de adoptar ese mensaje. No es oro todo lo que reluce.

Cuando el Papa Francisco expresó aquello tan notorio de «Pastores con olor a oveja«, sintetizó en cinco palabras todo el espíritu del Concilio Vaticano II. No seré yo quien se atreva a decir qué debe hacer o dejar de hacer un sacerdote en el ejercicio de su vital labor, pero sí puedo afirmar rotundamente que cuando uno acude a una Eucaristía y escucha un sermón-regañina por sistema, cuando un sacerdote interfiere en procesos de elección de hermandades sin motivos de peso, cuando se cree dueño y señor del pequeño Reino Taifa de su parroquia, cuando manejan a su antojo a la hermandad de turno para sus intereses, cuando convierten o ayudan a convertir la Iglesia en una aduana o cuando, directamente, menosprecian todo lo que huela a cofradías, o cuando, en resumen, no quieran tener olor a oveja… lo cierto es que la reacción más humana es la de alejarse.

Y hacen todo aquello porque se encuentran amparados y es muy humano actuar así, a sabiendas de que están respaldados por las autoridades eclesiásticas que se sitúan sobre ellos en la pirámide, sin caer en la cuenta de que cuanto más se escala en una pirámide social, menos importa lo que va quedando abajo, mientras su posición y sus privilegios no se vean resentidos. Mezclarse con las ovejas, salir a buscarlas lejos de la comodidad del templo, les tuerce el rostro de una manera fácilmente comprobable con la imagen que ilustra este artículo.

Por eso valoro y admiro tanto a aquellos curas que verdaderamente cautivan, se mezclan contigo, te regalan una palabra bonita aunque estén ocupados o vayan con prisas. Sabes que su puerta y la del templo está siempre abierta como una auténtica casa de la que el cofrade debe sentirse parte. Sus Eucaristías son un espacio de confort, de paz, de confianza, de reconducir cuando hace falta pero con cariño y de igual a igual, sin necesidad de estar subidos metafóricamente a un púlpito. De risas y júbilo, ¿por qué no iba a haber espacio para la alegría en esa acción de gracias que supone una Eucaristía? Su predicamento y, especialmente, sus acciones, son todo un modelo a seguir que, si se extrapolara de abajo hacia arriba en esa estructura piramidal, a buen seguro revitalizaría el decadente camino que lleva la Iglesia. Son un oasis en el desierto al que muchos cofrades, sedientos, acuden.

Este es un debate recurrente que tengo con mi círculo de amistades cofrades. Hasta qué punto son las ovejas las que tienen que acudir al pastor, o es el pastor quien debe salir al encuentro de las ovejas. Yo sostengo firmemente la segunda opción, fue Jesús quien exhortó a sus apóstoles a salir al encuentro de todo el mundo, a llevar el evangelio a todos los rincones de la tierra. Sin que ello implique una actitud pasiva por nuestro lado como católicos y cofrades, es labor de los presbíteros continuar aquella primera premisa, y salir a buscar a quienes más necesitan de una mirada, de una palabra, de un brazo por encima del hombro. Y es que eso es, en realidad, lo que hacen las hermandades llevando el mensaje de Jesús al pueblo, no solo en sus multitudinarias salidas procesionales -algo que no tiene parangón alguno en el marco de la Iglesia Católica en España-, sino en la amplísima y encomiable labor social que se realiza durante el año. Bien haría la curia en, como mínimo, posicionarse al lado de las cofradías, y dejar de arrojarles cualquier pequeña chinita a su alcance.

Dice uno de mis mejores amigos que el futuro de las cofradías está en terminar siendo asociaciones civiles, separadas de la Iglesia. Siempre he pensado que es un disparate y sería totalmente antinatural, y que desde luego sería un sinsentido y un fracaso del movimiento cofrade. Pero no deja de ser cierto que hay quien, aún llevando sotana, se alegraría y hasta se lo tomaría como un triunfo. El cofrade es un movimiento que, en demasiadas ocasiones, se siente desplazado y alejado de la fe por aquellos que deberían desprender olor a oveja por ser pastores, y que en lugar de ello desprenden cierto tufillo a lobo, ejerciendo, además, de estrictos agentes aduanero. No somos cristianos de segunda. A ver si se enteran de una santa, apostólica y romana vez.