Hay gestos que no se improvisan, pero que, si llegan a producirse, trascienden las palabras y los discursos más elaborados. Durante tres días, el Cachorro de Sevilla y la Esperanza de Málaga han estado expuestos en la Basílica de San Pedro, como dos faros luminosos de la religiosidad popular que aún sostiene el fervor católico en regiones cada vez más secularizadas. Eran las imágenes más esperadas del Jubileo de las Cofradías, auténticas embajadoras de un pueblo que reza con los pies, con los bordados, con los silencios, con los cirios encendidos. Pero el Papa León XIV no estuvo. Ni un minuto. Ni un saludo. Ni una mirada.
En su lugar, la agenda oficial del Pontífice ha dado prioridad a otros encuentros: el prelado del Opus Dei, el tenista Jannik Sinner, los actos del Jubileo de las Iglesias Orientales… Compromisos todos ellos legítimos, sin duda, pero que han dejado fuera la posibilidad de un encuentro con la fe más viva, más encarnada y más humilde: la que llegó desde Andalucía portando a hombros a Cristo y a su Madre.
Y no, tampoco estuvo en la procesión del sábado, esa manifestación histórica que recorrió las calles de Roma con miles de cofrades entregando su oración, su tiempo y su devoción sin recibir más respuesta, por parte del sumo pontífice, que el silencio. Un silencio ensordecedor por lo que representa: una oportunidad desperdiciada, una ocasión única desaprovechada para que el nuevo Obispo de Roma tendiera un puente con los cristianos de base que, desde hace siglos, mantienen encendida la llama de la fe en lugares donde ya solo quedan cenizas.

Hubiera sido tan sencillo… bastaba un pequeño gesto. Un gesto capaz de cautivar y enganchar a miles de católicos que no se sienten representados por la alta jerarquía eclesiástica, pero que encuentran en sus cofradías la única forma posible de vivir su fe, un lugar en el que la condición sexual o el estado civil nunca fueron un problema, ni siquiera en tiempos del dictador, hasta que algunos de quienes llevan alzacuellos decidieron meter sus zarpas en su cotidianidad. Un gesto que habría demostrado que estas expresiones populares no son accesorios ni folclore, sino pilares fundamentales para la supervivencia de la Iglesia de Jesucristo, la misma que nació entre pescadores y caminó siempre del lado del pueblo, no al abrigo de los poderosos.
Este domingo, en el inicio de su pontificado, quienes han estado más cerca del Papa han sido mandatarios, cardenales y diplomáticos, mientras el pueblo sencillo, el que acude a su parroquia cada semana y acompaña a su Cristo por las calles, quedó a la espera de una mirada que nunca llegó.

Porque esta era la foto, Santidad. La foto que hacía falta. La imagen que hubiese quedado grabada en la retina de millones: la del representante de Dios en la tierra postrado ante el Cristo de la Expiración, el Cachorro de Sevilla, y la Virgen de la Esperanza de Málaga. La del Papa rezando, en silencio, ante la inmensidad incalculable del Hijo de Dios expirando en la cruz para redimir al mundo de sus pecados por obra y gracia de Ruiz Gijón, y ante su Madre, la que mantiene viva la llama de la Esperanza por los rincones de nuestras miserias y padecimientos. Un gesto que habría sido tan elocuente como un concilio, tan poderoso como una encíclica. Esa imagen no ha existido. Y el vacío que deja es hondo.

Lo entendió perfectamente San Juan Pablo II cuando acudió a El Rocío a mancharse, sin miedo ni soberbia, las sandalias de pescador con las benditas arenas de la aldea prometida. Porque él sí comprendió dónde era necesario lanzar las redes para seguir llenando las arcas del Reino con almas sencillas, entregadas y fieles. Él supo mirar a los ojos del pueblo. Él sí bajó al barro donde germina la verdadera fe. Él entendió que las cofradías son del pueblo, que las hermandades son el pueblo, y por ello es imprescindible estar siempre cerca de ellas.
Tal vez haya más que aprender aún de Juan Pablo II, y menos del populismo vacío y gestual de Francisco, que tanto ruido hizo pero tan pocos frutos ha dejado, más allá del titular efímero y la foto políticamente correcta. Estos días, León XIV ha tenido su primera gran oportunidad. Y ha decidido dejar pasar de largo a Cristo y a su Madre. Y eso, Santidad, es algo que no se olvida.
Mientras tanto, las iglesias siguen vacías en media Europa, pero no en Andalucía, donde el latido de las hermandades aún congrega a miles. Si no fuera por ellas, la fe sería ya una anécdota en demasiados rincones. Y por eso duele. Porque la Plaza de San Pedro llena de fieles hoy es un espejismo que oculta una realidad compleja: una Iglesia que se aleja del pueblo y se encierra en protocolos y jerarquías, olvidando a quienes siguen creyendo, esperando y amando.
Esta era la foto, Santidad. La que deseábamos. La que necesitábamos. Y la que, por desgracia, nos ha sido negada.
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